sábado, 24 de diciembre de 2011

Platero - Apertura que escribí para Radio América - "Acaríciame en sueño" - Juan Ramón Jiménez


La editorial Calleja le publica la obra que lo hará pasar, definitivamente, a la historia. El libro tiene ciento treinta y ocho capítulos de corta extensión. A los pocos días de ocupar los anaqueles de las librerías, llueven las críticas positivas. Algo muy bueno para alguien que, además de ser un escritor genial, suele caer en pozos depresivos prolongados y de internación.
Su esposa le lee una de las críticas. El poeta mira a la ventana, no la escucha. Al otro lado de los cristales, está la calle Padilla, en Madrid. Pasan los carros. El traqueteo ripioso de las ruedas no es lo que oyen sus oídos. Tampoco son esos carros modernos los que miran sus ojos.
El poeta está viendo, a través de la ventana de su casa en Madrid, una calle de Moguer, el pueblo andaluz, de Huelva, donde nació y se crió. Del otro lado del vidrio ve al animal, el personaje principal del libro que la crítica celebra. Le habla y la bestia rebuzna, pone en punta las orejotas largas, mueve la cola de izquierda a derecha.
El poeta percibe que una mano se posa en su hombro derecho. La imagen de la ventana vuelve a mostrar la calle Padilla, en el barrio de Salamanca, en Madrid.
Se le escapa un colmillo, del lado derecho de la boca. Está fastidioso por la interrupción que esa mano, prendida del hombro, acaba de hacer. Odia cuando lo sacan de sus momentos de imaginación, de esos instantes mágicos que lo alejan del agobio de la gran ciudad, que lo transportan al pasado en su querida Moguer, su motor creativo.
Descubre que quien lo sostiene del hombro es su amada Zenobia y reacomoda el gesto. A ella le permite todo.
La contempla en silencio.
Ella, a diferencia de él, no mira la ventana, lo está mirando a los ojos. En las pupilas de Zenobia, el poeta vislumbra su futuro. Y por si no lo interpretara, su esposa le dice que todo va a estar bien, que ella lo acompañará hasta que le llegue el máximo reconocimiento.
Zenobia es su sostén, la mujer que no solo le ha robado el corazón, ella es su tutor. Si no fuera por Zenobia, las estancias en las clínicas psiquiátricas por esas depresiones, que cada tanto se le presentan, serían eternas.
Ella se ríe. Él la toma por la cintura. Se abrazan. Por sobre el hombro del poeta, Zenobia mira la calle Padilla, en Madrid. Los carros y la gente pasan.
Y la idea de no separarse, los lleva juntos a escapar de una España convulsionada, recorrer el mundo y afincarse, finalmente, en Puerto Rico, donde el poeta da clases en la universidad.
Pero Zenobia arrastra una enfermedad incurable que ha durado demasiados años. Y no fue solo por contradecir los pronósticos de los médicos, ella ha soportado el dolor del cuerpo porque sus ojos tienen que ver aquello que predijeron en la casa de Madrid.
Una mañana, el cartero llama a la puerta. El poeta lo atiende y recibe en sus manos una misiva enviada desde Suecia. El poeta va corriendo al lecho de su esposa. Zenobia lleva semanas sin salir de la cama, casi no come. Le lee, con la voz ahogada por la emoción, que acaban de otorgarle el Premio Nobel de Literatura. La piel arrugada de Zenobia recibe las lágrimas de sus ojos, de esos ojos que ya no muestran el futuro.
A los dos días, Zenobia muere.
Durante la ceremonia de entrega del Nobel, se dice que la Academia distingue, dentro de la prolífica obra del poeta, el libro Platero y yo que publicara la editorial Calleja en España, casi cuarenta años atrás; ese libro escrito con una narrativa lírica, que tiene mucho de paseo místico y que trata de un niño con su burro en el pueblo de Moguer.
Al poeta no lo emocionan las palabras que le llegan de Suecia. Es que el dolor punza demasiado el cuerpo y su alma empieza a irse en cuotas para que, dos años después de la muerte de su querida esposa, se encuentren las dos almas en el cielo de Moguer, un pueblo de Huelva, donde siempre fue feliz.
El poeta es Juan Ramón Jiménez y nació el 23 de diciembre de 1881.

Luca Prodan - Apertura que escribí para Radio América


Te dicen que te morís, que ya no tenés más nada que hacer de tu vida. Recibís una carta con una foto el mismo día en que te avisan que tu cuerpo pisa la zona de caducidad. Y esa foto es la de un amigo que vive en un país del sur, entre unas sierras, rodeado de plantas de frutales, olivos. Y tener esa foto en la mano es como tener de frente la ventana para escapar
¿Qué hacés?
Yo me subo al primer avión.
Todavía no hay vuelos directos desde Londres a Buenos Aires y la plata no me sobra. Es un viaje con escalas. Eso no importa, lo que si me interesa es alejarme de Grenwich y su meridiano, donde los médicos y la parca ya marcaron mi hora.
Durante el vuelo ni miro por la ventanilla, solo repaso la foto del amigo en las sierras de Córdoba.
De Ezeiza a La Cumbrecita en auto, es como ir desde Londres a Berlín, con el tiempo del transbordador del Canal de La Mancha (ese que te deja en el puerto de Callais) incluido.
Estamos en Córdoba. Mi amigo me abraza, no sé, parece que abrazara a un muerto, uno que está acostadito adentro del cajón, y le digo que vengo a descontar el tiempo adicionado, el que yo decidí robarle a la muerte. Y él se ríe.
A la sierra le traigo mi música. Vecinos de mi amigo se prenden a mi locura. Armamos una banda y hasta tenemos en la batería una chica inglesa. La ginebra, amigos, bebida en los boliches de paisanos, esto lo mejor del mundo. La Guerra de Malvinas, todo lo contrario. La baterista regresa a Londres.
El humo de la guerra deja de agobiar por la potencia que trae el rock nacional, arropado con democracia.
Buenos Aires tira y dejo la sierra. Pero la banda no entra en la Capital de una, recalamos en Hurlingham. Tacamos en El Palomar. Al fin decidimos la invasión a Buenos Aires: de noche, con una banda rearmada con pibes del Oeste y bajo tierra (bares underground).
Esta ciudad me encanta. De Buenos Aires no me voy ni muerto. Recalo en Abasto, un barrio de laburantes, con gente del tipo que me tocan el corazón, casi sin hablar y ginebra de por medio.
La ginebra está en el Abasto. Acá también está el alma de Gardel. La ví algunas veces detrás de las pibas que me gustan. Compartir con él las chicas no me preocupa, lo que me asusta, es verlo a él. Si se me aparece, entonces, la muerte está cerca.
Lo de nuestra banda es increíble. Gusta la música, gustan las letras. Mi voz, gusta. Los chicos se rapan la cabeza, imitan mis gestos.
Y acá estoy, tocando por todo el país, saliendo en la tele. Me pregunto si los doctores ingleses, esos que me tiraron a la muerte con su azada, se enteraron que sigo vivo. ¿Les habrá llegado alguno de mis discos?
Y yo acá, entre viejos vinagres y rubias taradas, creyéndome poco de lo que la vida me trae en ropas de esperanza.
Me fui del Abasto, estoy en San Telmo, pero a Gardel lo sigo viendo. Te diría que me lo encuentro no menos de tres veces por día y hasta me regala esa sonrisa que le parte en diagonal la cara.
Hace dos días tocamos. No había mucha gente. Le dije a uno de los chicos de la banda que era la última. No podía explicar mucho. La parca que dejé plantada en Londres llegó a Buenos Aires. No está muy contenta con la espera que se comió conmigo, pero tiene códigos, sabe respetar al que le roba tiempo. Solo me dirá que vaya con ella y eso haré, ni bien despegue mi mano de estas palabras.
Luca Prodan murió, a los 34 años, en el barrio de San Telmo, un 22 de diciembre de 1987.

Si querés escuchar: http://www.youtube.com/watch?v=yj-Sl2_IXVI

sábado, 17 de diciembre de 2011

Philip k Dick - Apertura para Radio América - "Acaríciame en sueño" - Philip K. Dick


Es 16 de diciembre de 1928 nacen mellizos: nene y nena. Salen al mundo un mes y medio antes de lo esperado, y no del todo preparados para soportar el ataque de la nueva vida. A las semanas de nacer, la nena muere, justo el día en que debería haber nacido. Entierran el cuerpito y en la lápida escriben su nombre, pero, sobre el mámol, dejan en blanco el lugar para imprimir las letras del nombre de su hermanito, cuando le toque el turno de partir.
El nene crece con el fantasma de su hermana. Los padres lo pescan en la habitación hablando a la nada, pero como si lo hiciera con la melliza. Se quedan en silencio. Escuchan que él le dice a su hermanita que van a ir al cine y, de pronto, se calla porque descubre a sus padres en el pasillo. Ellos siguen camino, miran hacia delante. Nadie se le anima a la mirada del niño porque es tan profunda que, al enfocarte a los ojos, en realidad, te está diseccionando el alma.
Ya mayor, se muda de casa, cursa estudios, se gradúa y sale a vender discos. También escribe. La ciencia ficción es su territorio, por allí camina, crece, interpreta a este y a todos los mundos que él intenta conocer.
Logra que le publiquen un cuento y arranca un desenfrenado proceso de creación literaria.
Se hace conocido él y, sobre todo, su pensamiento político. Lo persigue la CIA. Le abre correspondencia, le escucha las llamadas y le pone un tipo en la puerta de la casa: un hombre alto, de pelo engominado, traje oscuro, anteojos de sol, zapatos tamaño canoa, negros y brillantes. El inspector se aburre de esperar algo subversivo de un posible comunista al que solo ve, a través de la ventana, sentado, de frente a su máquina de escribir. Una tarde, invita a pasar a su casa al inspector, le sirve un té, conversa de cosas de este y otros mundos, y termina dándole clases de manejo de auto.
La buena relación con el enviado del Gobierno no calma su cabeza. Ve persecutores y espías por todos lados. Al posar su oído en el teléfono, escucha murmullos. En la tele, las interferencias se le revelan en formas casi humanas que quieren imponerle pensamientos.
Está convencido de algo: su cabeza es el terreno que las Corporaciones y el Gobierno quieren colonizar y debe defenderlo con la vida. Se encierra, bloquea ventanas, hace salidas nocturnas, evita los encuentros públicos.
En el camino de la adultez van pasando las esposas, ya tiene hijos y le escasean los amigos. Casi nadie tolera oír sus revelaciones.
El mellizo, ya adulto, ahora escucha voces que le descubren misterios de la existencia y le presentan un mundo místico. Una tarde, de la nada, empieza a hablar en una lengua antiquísimas que ni él conocía. Dice que alguien del pasado lo viene a ver y estaba hablando con la conciencia de ese ser.
Entiende que por sus conocimientos se le meten en la cabeza las Coporaciones y el Gobierno, quieren borrar la nuevas verdades y colonizar su mente para anularlo. Y él les planta batalla gatillando teclas. Dentro de la casa, el continuo tableteo de los golpes de los tipos en el papel da cuenta del grado de fuego del combate.
No puede parar de escribir. Lo hace para vivir, porque su corazón late en cada una de las palabras y porque la paga mísera de los editores por sus cuentos y novelas ayuda para arrimar algo de comida al plato. Los editores que lo publican lo presionan, quieren de él una producción acorde al modelo Fordista que ha hecho del país una Potencia: mucho y barato.
Él resiste, no pueden captarlo.
Pero la lucha deja huellas, hiende el alma, orada la piel, desangra por las heridas. Y, cuando ya no tiene fuerzas, le dan premios, los colegas le rinden homenajes, pero,para él ya es tarde. Tan tarde, como que no llega a ver su primera novela llevada al cine que el director Ridley Scott tituló Blade Runner.
Año ochenta y dos, fin del invierno, el mellizo, ya adulto, muere.
Su propio padre lo entierra, allá, en el cementerio donde la lápida tiene el nombre de la hermana y ahora, también, lleva impreso el de él: Philip K. Dick.

Philp K Dick nació el 16 de diciembre de 1928
16/12/11

Si querés conocerlo y escuchar su genio, te invito a entrar acá: http://www.youtube.com/watch?v=-cXV_nMpThk

Apertura que escribí para Radio América - "Acaríciame en sueño" - Walt Disney


Los compañeros de la escuela están enloquecidos porque es mi cumpleaños. Y no es por mí, ni por los sánguches de mortadela y manteca, ni la Crush y mucho menos la torta de cumpleaños siempre esponjosa y atragantadora. Lo vuelve locos el proyector Súper Ocho de mi viejo.
Llevamos diez minutos de la fiesta. Nadie come, ni juega. Solo preguntan cuándo empieza la función de cine. Mi viejo se hace el distraído y sugiere que se arme un partido de fútbol en el patio. Hasta se ofrece como árbitro, seguro, para resarcirse de aquella tarde en que lo llevamos de juez del partido contra los de Séptimo (en la canchita de la estación) y suspendió el encuentro antes de empezarlo, tan solo, porque al pasar el tren carguero, ambos equipos olvidamos las diferencias y nos unimos para tirarle piedrazos a los vagones. Los chicos no se olvidan más la arenga que les dio mi papá sobre la Patria, Belgrano, las invasiones inglesas y los ferrocarriles. Ni uno encara para el patio. Los veinte vándalos que tengo por compañeros de Sexto Grado ya se sentaron en el piso del living y bullen en temperaturas de rebeldía.
Mi viejo no puede estirar la espera. Trae una mesa a la rastra y raya el laborioso trabajo de mi mamá con la lustradora de pisos. Reaparece con la pantalla, extiende el trípode del pie, estira el cañito que va hacia el techo, desde abajo, tira de un alambrecito y extiende la pantalla perlada. La engancha en la punta del cañito. Se mete en su cuarto y vuelve con el proyector en una mano y cinco cajas de películas en la otra.
Las cabecitas se mueven inquietas, todos quieren saber de qué va la función de hoy. Mi viejo se encarga de no develar misterios, el chiste es enterarse en plena proyección. Enchufa el proyector. Saca el primer carrete, los calza en el brazo delantero del aparato. Prende el proyector, brota un traqueteo maquinal y sobre la pantalla impacta un haz ambarino. La punta de la cinta entra al proyector, reaparece díscola del otro lado, donde el carrete vacío la engancha y empieza la función.
Pasan los cinco dibujitos; son reducciones de largo metrajes de Peter Pan, Mickey Mouse, Cenicienta, Blanca Nieves y Bernardo y Bianca. Cada vez que termina una película los chicos aplauden, zapatean contra el piso. Mi viejo aprovecha el jolgorio para rebobinar las cintas en el carrete original.
Este año la elección de cine estuvo mejor. Los chicos se lo hacen saber con un aplauso cerrado y chiflidos. El año pasado mi viejo había elegido pasar documentales de Jacques Cousteau. Mi papá, en medio de las películas, se mandó un discurso sobre la ecología. A los chicos no les gustó que mi viejo se ponga en maestro. Pero este año, lo de los dibujitos es bien recibido. Y mi viejo, consciente del éxito, se para delante de la pantalla, enfocado por el haz ambarino del proyector y dice que quiere contarnos algo. Me corre un frío por la espalda, no quiero ni pensar con qué se largará. Ni uno se mueve, creo yo, esperanzados en que diga “en un rato traigo más películas”. Pero no, mi papá se pone a hablar de Walt Disney, el creador de los dibujos animados que acabamos de ver. Pero, lejos de contar, por ejemplo cómo se hace un dibujito animado, larga que ese hombre, afectado por un terrible cáncer, está criogenizado en Norteamérica esperando que se invente la vacuna que lo cure. Nadie entiende por dónde va la cosa. Me muero de vergüenza. Mi papá cambia a tono y gesto de Narciso Ibañez Menta para contar que la criogenización es congelar a la persona viva, que la piel se le pone amarilla, no respira, parece un muerto de velorio, pero vivo y congelado, adentro de un ataúd parecido a aquella heladera y la señala. En ese momento, mi mamá, ajena de todo, abre la puerta de la Siam para sacar la torta y a los pibes se les corta la respiración, creen ver en el congelador rebalsado de hielo, la cara del mismísimo Walt Disney. Mis amigo que, hasta que mi viejo abrió la bocaza, no sabían de la existencia de la palabra criogenización y ni habían pensado en tratar el tema de la muerte, no pueden sacar los ojos de la heladera Siam que mi viaja cierra con la mano derecha, mientras que, en la izquierda, trae la torta y, de camino al living, apaga la luz y empieza a cantar el feliz cumpleaños, que ni uno de mis compañeros entona.
Walt Disney, dicen, que murió un 15 de diciembre de 1966.

jueves, 15 de diciembre de 2011

MADRID - 2022 LA GUERRA DEL GALLO

Registros de hace instantes.
Presentación de mi novela en Madrid ante una sala colmada.
Rompió fuego Carlos Salem y lo siguió Marcelo Luján. Ambos dieron sus miradas del libro, sus impresiones sobre la Guerra de Malvinas y el enfoque narrativo que elegí para contar la historia de Masi, el adolescente que (en 1982) se convirtió en ex no combatiente y (en el 2022) accionará su guerra con los ingleses.
Vimos el book trailer de Alejandro Millán Pastori y el diseño de portada de Modesto Martínez Vazquez Prada.
Los Diablos Azules, nuevamente, me recibieron y de la mejor manera.








miércoles, 14 de diciembre de 2011

Presentación de 2022-LA GUERRA DEL GALLO en Castellón, Valencia.



Anoche presenté mi novela en Castellón (Valencia). Me acompañaron la escritora valenciana Elena Casero y el editor de Talentura Libros Mariano Vega.
Elena presentó su libro de relatos "Discordancias" (estoy leyendo el libro y me atrevo a recomendártelo).
El ámbito del encuentro fue el salón de presentaciones de la Librería Argot.
La concurrencia desató un activo intercambio y la presentación derivó en una tertulia literaria de esas que enriquecen. De las que me gustan. Las que pagan todo el kilometraje que me trajo desde Buenos Aires.
Anoche, al final, descubrí un grupo de escritores de gran talento, amigos a los que seguro volveré a ver.
Vimos el book trailer (si querés entrar http://www.youtube.com/watch?v=orY-XucgJNs) filmado por el gran Rusi Alejandro Millán Pastori. Las fotos que estás viendo, las sacó Carmen Rosa Signes. Ella y Ricardo Acevedo (Directores de la revista miNatura) hicieron mucho porque mi libro se edite.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Espartaco en casa - Apertura que escribí para Radio América - "Acaríciame en sueño"


Los domingos matinée en el Cine Español y los sábados son para la tele y Sábados de Súper Acción. Esa es mi ley y me la sé mejor que esos rezos que me enseña el padre Forchi.

Y, para cumplir, es sábado por la tarde y estoy delante de la tele. Sábados de Súper Acción anuncia una peli histórica, esas épicas, de batallas en el desierto con espadas y escudos. Salto en una pata de la alegría. Le digo a mi hermano que se apure y él se acomoda en la mesa con unas hojas en blanco y una caja de lápices. Mientras mira, dibuja sus propias batallas.

Al fondo de comedor está la cocina. Mi vieja nos pregunta si queremos tortas fritas y, como no tenemos ganas de que nos enganche para amasar, le decimos Mami, hacé muñuelos.

A nuestras espaldas, el aceite está hirviendo. De frente, la pantalla en blanco y negro irradia la película. La peli trata de un esclavo que al principio salta para defender a otro esclavo muy viejo que era maltratado por un soldado. Por esa reacción, lo van a matar y se salva porque un mercader de esclavo, que prepara gladiadores, ve en nuestro héroe su próximo luchador. Durante los entrenamientos, no defrauda las expectativas: mata a otros, es una bestia de la pelea. Miro a mi hermano y le digo que yo soy el gran luchador, el personaje principal de la peli. El me dice bueno y pinta una sonrisa maliciosa, sin dejar de dibujar en el papel.

Miro de vuelta al héroe: el gladiador ya tiene novia, una de las esclavas que está re-buena. Y, para mucho mejor, convence a todos los esclavos para no luchar entre ellos, sino más bien, usar sus habilidades para ganar la libertad. Mi personaje es el líder de la rebelión.

Mi vieja cae con un plato lleno de buñuelos tostados que por fuera tienen lágrimas de aceite y por dentro pasas de uva. Arrimo el plato. Mi hermano ni se inmuta y sin sacar los ojos del papel donde desliza sus lápices de colores me dice: comé esos buñuelos como si fuese lo último que vas a comer en tu vida. Y lo dice con voz de te-acompaño-el-sentimiento. No me voy a dejar ganar por sus gastadas y me mando cuatro buñuelos, uno detrás del otro.

La peli va llegando al final y de la peor manera. Los rebeldes caen en manos de los soldados romanos. Los condenan a la crucifixión. No puedo creer lo que está pasando. Todos los prisioneros están sentados en la cuesta de una montaña. Un romano, escoltado por soldados, dice a grito pelado:

“Traigo un mensaje de vuestro vencedor y dueño Marco Licinio Craso, Jefe del ejército de Italia. Dando muestra de enorme y soberana clemencia, ordena que les sea perdonada la vida. Esclavos eran y esclavos volverán a ser.” Bué, pienso, zafamos, mejor que te crucifiquen es ser esclavo, total para rebelarse siempre hay tiempo. Mi cara de alegría se suma a la de los esclavos de la película. Manoteo el quinto buñuelo, me siento un ganador. El jefe de los romanos retoma: “Pero solo se salvarán del castigo de la crucifixión con una condición indispensable que identifiquen el cadáver o la persona en caso de que aún viva, del esclavo llamado Espartaco. “

Sabía, no me la iban a hacer fácil. Aprieto el buñuelo, estoy recaliente, me van a reventar.

Mi héroe, o sea, yo, se pone de pié y grita que él es Espartaco y al lado de él salta otro y dice que él es Espartaco y así se levantan los cientos de esclavos. Espartaco mira. En su gesto de héroe cabe un instante para la emoción, está siendo testigo de un acto de fidelidad popular como jamás se verá en el cine.

En la pantalla, pasa lo inesperado, el jefe romano manda a matar a todos. Mi buñuelo está hecho migas por la fuerza de mi mano derecha.

Es lo peor, el final más triste y para reventarme el corazón, al pie de la cruz con Espartaco colgado de pies y brazos, aparece la esclava que le lleva al hijito de ambos, recién parido, para que lo conozca antes de morir. Golpe bajo. La peli se termina con una panorámica de cientos de cruces con todos los rebeldes crucificados al sol.

Sábados de Súper Acción pasa a la propaganda. Miro desconsolado a mi hermano y él, sin parar de reírse, me dice, la dieron el mes pasado, ese sábado que vos te fuiste a jugar a la pelota. Y ahí me doy cuenta que pago por mis pecados, por no cumplir con la ley: Los domingos matinée en el Cine Español y los sábados son para la tele y Sábados de Súper Acción

Espartaco, en esa película filmada por Kubrick, fue interpretado por Kirk Douglas. Un rebelde, también, fuera de los estudios de filmación. Kirk Douglas nació un 9 de Noviembre de 1916.

9/12/11

Tramo de la película Espartaco:

http://www.youtube.com/watch?v=FuSTW4YQIIU

viernes, 9 de diciembre de 2011

Asesino del John - Apertura que escribí para Radio América - "Acaríciame en sueño"

Mark se hace cristiano el mismo año en que el mundo entero celebra el lanzamiento de un nuevo disco de su ídolo. Dentro de la habitación Mark se encuentra con los hombrecitos, les cuenta la decisión y ellos lo felicitan.

Dentro de la congregación es un solícito colaborador. Hasta tiene una novia miembro del culto con quien planea casarse y tener hijos.

Un colega de la iglesia le regala un libro de Salinger, se trata de la novela “El guardián entre el centeno”. Se traga el libro y, en las reuniones secretas dentro del cuanto, le cuenta a los hombrecitos cada avance de la trama. Ellos lo convencen de que él debe actuar como el personaje principal de la novela, devolver la justicia y destrozar la hipocresía.

Un día, todo se va al demonio: por ser infiel, pierde a su prometida, le va mal en los estudios de la universidad y lo echan del trabajo. La frustración se lo come vivo y decide suicidarse. Pero el prolongador de tubo de escape que debía llevar el gas a la cabina del auto, con él dentro, se rompe. Ni esa le sale.

Cae en un pozo hondísimo de depresión. Lo meten adentro de un hospital psiquiátrico. Ahí la cosa toma otro cariz. Descubre que hacía varias semanas que no hablaba con los hombrecitos y ahora, se le aparecen, pero son diferentes: crecieron, tienen el pelo bien cortito, hablan con tono agresivo y visten de traje negro.

Se alegra, les dice que le encanta verlos hombrecitos grandes. Ni uno de ellos sonríe. Una melodía suena de fondo. Delante de sus narices pasa un péndulo. El se ríe, pero con risa atontada, esa que le salía en la parte más linda de sus viajes con la droga. La voz nasal y grave de uno de los hombrecitos grandes le dicen que tiene que hacerse cargo del mundo, que Satanás es la verdadera cara de su ídolo de rock. Le ponen una canción del rockero y el tema sale como si la púa saltara a cada rato: “Imagina que no hay paraíso. Imagina que no hay países, ni tampoco religiones. Imagina que no hay posesiones.” Con la canción editada en un sinfín de esos cuatro versos lo atormentan toda la noche. A las seis horas, uno de los hombrecitos grandes le dice que ese músico mete el mensaje de Satán en la cabeza de los estadounidenses para activar el Armagedón: destrozar el país, la religión y quedarse con todas las propiedades de los americanos. Las pupilas de los ojos de Mark se hacen del tamaño de un piojo, la retina se brota de líneas de sangre, aprieta los puños, presiona los molares. Al final del encuentro, los hombrecitos grandes le dan el libro de Salinger y le dicen que una noche lo abrirá: será el momento de matar al demonio y salvar al mundo. Estas apariciones se repiten por varios días.

Mark no sabe si fue una o mil noches. Pero un día se despierta y no está en la cama. Sigue en el Hospital Psiquiátrico, pero como empleado. Se pasa las tardes tocando la guitarra y dando consejos espirituales a los locos.

Está durmiendo en casa de su madre y, en un sueño, se le aparecen los hombrecitos grandes, le dicen que debe viajar por el mundo para esparcir sus ideas tan brillantes. En el desayuno le está por contar a su mamá del sueño, cuando suena el teléfono. Es una agente de turismo que por azar lo llama para ofrecerle un paquete turístico a Oriente. No puede creer como el Señor organiza las cosas. Se encuentran esa misma mañana. La chica lo impacta: es de rasgos japoneses como la mujer de su ídolo. Se casan a los meses. Para soportar los gastos del matrimonio, se pone a trabajar en seguridad.

Los hombrecitos grandes se toman un tiempo en reaparecer y lo hacen una noche. Él está de guardia. Ellos le hablan de acabar con el hipócrita de su ídolo de rock.

Mark se va a Nueva York, paga una habitación en el Sheraton. Por la tarde se instala en la vereda del edificio The Dakota. Al salir a la calle, su ídolo accede a firmarle el disco “Double Fantasy”. Él ríe, está emocionado, no puede sacar la mirada de la firma.

Mark se queda merodeando por la cuadra y cae la noche. Quiere reencontrarse con su ídolo de rock. Se sienta en el escalón de una casa. Debe hacer tiempo. La luz del porche no es lo mejor, pero le inspira para leer algún pasaje de su novela preferida. Abre el libro de “El guardián entre el centeno”, no lo cierra, ni lo lee, lo repite de memoria. Saca un revólver 38 del saco, se pone de pie y llega a la esquina. De una limusina baja su ídolo de rock. Mark acelera el paso, están a cinco metros de distancia. El ídolo le entrega la espalda. Mark dice “John” y le descerraja cinco tiros. Uno yerra el blanco y cuatro dan en la espalda, allí donde brotan las alas de John Lennon.

John Lennon fue asesinado por Mark David Chapman el 8 de diciembre de 1980.

Juan Guinot, 8/12/11

lunes, 5 de diciembre de 2011

Book trailer de "2022-LA GUERRA DEL GALLO"

http://www.youtube.com/watch?v=orY-XucgJNs

Masi tiene trece años cuando se desencadena la Guerra de Malvinas. Decide alistarse para pelear, pero nunca los convocan. Convertido en un ex No-Combatiente, no dejará de prepararse para una batalla contra los ingleses que vislumbra llegará de un momento a otro. Metido en ese plan transita la adolescencia en estado auto-preparación militar y el grado de locura es tal que (años más tarde) deciden internarlo en un hospicio (que considera un campo de detención dirigido por los ingleses). Allí tendrá un compañero de sala que le contará, sobre la Guerra de Malvinas, un dato revelador que orientará su lucha a un enclave inglés en el Viejo Continente. En un futuro no muy lejano y en una Europa dominada por las Corporaciones y la televisión, Masi emprenderá su epopeya. 2022 La guerra del gallo es una novela tan delirante como la guerra misma.

Dirección del book trailer: El Rusi Alejandro Millán Pastori

Diseño de portada: Modesto Martínez Vazquez Prada

Editor: Mariano Paz Vega - Talentura Libros

La Yumba, los súper héroes de Pugliese - Apertura que escribí para Radio América AM 1190, "Acaricia mi ensueño"



Siete de la mañana. Calle Luis María Drago y Avenida Corrientes, barrio de Villa Crespo, Ciudad Autónoma de Buenos Aires. En esa esquina hay una plazoleta donde ya no están los muñecos de la orquesta de tango.

El sol ya cuela entre los edificios de Villa Crespo y los feligreses del bar no pueden sacar sus ojos, y sus lágrimas, de las vidrieras. Al otro lado del cristal, está la plazoleta diezmada, la triste representación de la doble muerte del maestro tanguero.

Es que al maestro, un flaco de anteojos y de andar lento, desde su muerte, se lo extraña horrores. Por eso, cuando se instaló en aquella plazoleta la orquesta de muñecos con el maestro en el piano, la ausencia se sintió un poco menos.

Pero esto, de no verlo nuevamente, los tiene mal. Es de lo único que se habla en la carnicería, el bar, la librería, la pescadería, los negocios de ropa y en la sede central del PC.

A pocos días del hecho, alguien se apiada y manda a producir nuevos muñecos e instrumentos. También se refuerza el vallado perimetral de la obra, se aumenta la intensidad de la luz y los del banco ofrecen instalar una cámara que grabe día y noche.

Todo se hace sin inauguración y gran parte de los vecinos recobra la calma.

Pero un viejo amigo del maestro sabe que la cosa puede empeorar si no toma cartas en el asunto. Y cuando piensa en eso, no está pergeñando un plan para cazar a los vándalos que rompieron los muñecos. No, el amigo del maestro, casi pisando los noventa, sabe que cortar las manos del verdugo no parará las ejecuciones. Sabe que la lucha que se viene es la misma de siempre: borrar de la memoria al gran maestro tanguero.

El viejo amigo tiene presente las escaramuzas que el maestro sorteó con sufrimiento: en los años treinta lo defenestraron por sentar en su orquesta una bandoneonista mujer, años más tarde se mofaban de él por innovar, eso que en la prensa llamaron tangos “raritos”. Más tarde lo persiguieron por agrupar a los músicos en un sindicato y, también, por ser del Partido Comunista. Y fueron más, muchas más las avanzadas y el maestro, piel y hueso, se mantenía firme, no podían voltearlo, mientras cada día se metía más en la piel del pueblo.

El amigo del maestro reconoce en la agresión de los muñecos de la plazoleta, la mano del enemigo eterno, ese presenta luchas acá y en el otro mundo al mismo tiempo. La batalla del otro mundo se la deja al maestro tanguero, pero la de acá, esa, es para ellos, para la liga de superhéroes de Villa Crespo.

A las nueve de la noche del martes, el anciano se cosntituye en la esquina de Camargo y Malabia. AL minuto aparecen los súper héroes: la travesti que se pasea por Corrientes y Gurruchaga vestida de micro-mini y saquito de secretaria, el sesentón del negocio del todo suelto de enfrente de la plazoleta, la china del lavarropas de Drago y Gallardo, el hijo del vendedor de pantuflas y alpargatas de Scalabrini y Corrientes, la florista de Ramirez de Velazco y Julián Álvarez, el canillita de Corrientes y Juan B. Justo, el vendedor de medias de la puerta del banco y el taxista que hace parada Warnes y Bravard.

A las nueve y media de la noche están todos los convocados y ahí el amigo del maestro dice “Bienvenidos a La Yumba”. Así se da comienzo al encuentro de esta especie de Liga de la Justicia de Villa Crespo.

Están en ronda. La reunión comienza bajo el amparo de una noche sin luna, más los focos rotos de tres faroles del alumbrado público y la extrema atención a los televisores de parte de los vecinos, ya metidos en sus departamentos.

La Yumba, liderada por el anciano, el amigo del maestro, pide a cada uno de los miembros que, desde esta noche, exijan al máximo sus poderes para proteger la estatua de la plazoleta con los muñecos del maestro tanguero y su orquesta. En cuestión de minutos, se reparten los turnos para efectuar las guardias. Nadie cuenta cómo lo hará, pero cada uno estará allí, invisible a los ojos del vecino y perfectamente visibles a los ojos del enemigo.

“La Yumba”, dice el anciano, “protegerá la memoria, con la fuerza de los acordes del tango de nuestro gran vecino, y amigo, el maestro Don Osvaldo Pugliese”.

El anciano lleva ambas manos al centro y los superhéroes de Villa Crespo estiran los brazos y hacen una apilada de manos y, con sus bocas, empiezan a interpretar el tango La Yumba en un tono que les sale susurrado.

Las ramas de los árboles de Malabia y Camargo se mueven como si las agitará un viento que no sopla.

Las ratas bajan de los árboles y abortan sus planes de abordar balcones por el puente de las ramas. Cuando los bichos llegan a la vereda, ya están con los pelos en punta, los bigotes duros como agujas y las colas torcidas de los nervios. En tropel, las ratas salen a calle traviesa, en sentido a Chacarita, con su alcahuetería metidas en sus hociquitos sucios. Antes de la medianoche, los enemigos se enterarán que La Yumba ha vuelto para defender, con su vida, la memoria de Osvaldo Pugliese.

Osvaldo Pugliese nació el dos de enero de 1905 .

02/12/11

La Yumba en un club de Villa Crespo: http://www.youtube.com/watch?v=Q3Sxshl2s6s&feature=related

Diario La Capital, Mar del Plata

El suplemento de cultura del diario marplatense La Capital tiene una sección llamada Las 8 preguntas. Y convocan para responderlas a escritores.
El 13 de noviembre, me tocó a mí.
Si querés ver este gran suplemente, editado por Paola Galano y Fernando del Río, pinchá en:

viernes, 2 de diciembre de 2011

La Guardiana del Barro - Texto que escribí para Eternautas, proyecto Ciudad Capatada.


La Guardiana del barro

La pequeña baja del cielo. Al amparo de la ceguera porteña, se mueve con la velocidad de un colibrí. En el barro, juega al equilibrio, a no meter la punta de su zapatilla adentro del charco. El agua sucia le espeja una sonrisa.
Solo los niños la pueden ver. Ella les hace sus juegos de acrobacia en el orillo del charquito. Los pequeñitos, amarrados a sus coches o engarzados a los dedos de los mayores, tironean para ir al barro. La reprimenda les cae encima, un grito tronante y helado los paraliza: “si te ensuciás, te mato”. Los zapatos de los mayores enfilan, a paso marcial, hacia las vueltas de la calesita, el refrito del pelotero del McDonald´s o el sopor de la tele de casa.
La pequeña, con igual suerte, insiste con sumar a su juego a cuanto niño pasa. Pero la tarde discurre, el sol naranja está a punto de ser exprimido entre las torres y la pequeña sabe que llega la hora de partir. Imprime en el barro su pisada, piensa en las piruetas que hará, en un nuevo pedacito de barro, cuando el sol despunte en las azoteas de los edificios, al otro día. De regreso al cielo, el charquito recibe su lágrima.
Los destellos del alumbrado público ensombrecen el regreso a casa. El oficinista, el profesional liberal, la maestra de grado, el científico descarriado, el matemático obtuso, el abogado del usurero, el bibliotecario sombrío y hasta el amarrete operador de bolsa, todos pasan cerca del charquito, ven la pisada en el barro que dejó la pequeña, pero hacen como que no, aceleran el paso, reencauzan su marcha en la firmeza pulcra de las baldosas. No vaya a ser cosa que, en el terreno jabonoso, jueguen al equilibrio que, hace tiempo, les enseñó la Guardiana del Barro.
La Ciudad Captada Aquellos que nos conocen saben como apreciamos la fotografía urbana. Ese punto de vista congelado siempre nos pareció uno de los documentos más ricos para trabajar. El pasado de Buenos Aires presentado. Miedo y tentación. Ante la ciudad así captada necesitábamos valientes, no historiadores. Primero convocamos fotógrafos que nos llenaron de imágenes, éstas luego fueron enviadas a escritores que volvieron a disparar sobre la ciudad con sus palabras. Aquí una pequeña selección que prontamente se extenderá en un blog. Todos los derechos corresponden a sus respectivos autores.
Para ver más del proyecto Ciuidad Captada:
http://www.eternautas.com

Lectura en librería Fedro - Revista Casquivana

Acá me tenés, en medio de la lectura de la columna que escribí para la revista literaria Casquivana.
Si querés leer la revista, podés descargarla gratis por internet:
En cambio, si tu interés es la revista, podés comprarla por $ 40 y recibís un libro de poesía de editorial Viajera.

Casquivana es una publicación dirigida por Nicolás Hochman, editada por Clara Anich, diseñada por Claudia Gerena. La coordinación de las ilustraciones corre por cuenta de Leticia Paolantonio.

Periodismo Hulk - Apertura que escribí para Radio América AM 1190

Es un periodista de pelo lacio, rubio y con flequillo caído sobre la mitad de la frente, y le toca hacer de malo. No de un malo del tipo Lex Luthor que tiene por plan de vida matar al héroe. El personaje que nos interesa lleva por bandera la frase, adjudicada a Napoleón, que dice que siempre triunfa el más perseverante.

Viéndolo en acción, compramos la idea de que “tal vez-quien te dice-algún día” lo logre. Así nos tiene, capítulo tras capítulo. Como somos espectadores agudos, para el capítulo ocho no tardamos entender que esa esperanza del periodista es una manía. En eso, se emparentan con otro personaje que vemos en la tele, pero de dibujito animado: el zorrino. Lo del zorrino es así: persigue locamente enamorado a una gatita negra, con una raya de pintura blanca en el lomo, que la hace parecer, a los ojos del zorrino calentón, su zorrinita de la vida, el objeto de su descontrolada pasión.

Bien, el caso de nuestro personaje, anda por ahí. Él es un periodista de segunda que, en el meridiano de la vida, cree que todavía puede ser famoso. Un día, presencia la explosión de un laboratorio y la salida, entre las llamas y mampostería derruida, de un ser gigante, de músculos inflados, con cabellera de flequillo de pelito pajoso (a lo Pepitito Marrone) y es verde desde el pelo a la punta de los dedos de los pies. Desde esa noche, este periodista persigue, durante capítu

los y años, una sola idea: descubrir quién es en realidad el monstruo de piel verde, a quien considera autor de la explosión que él presenció y que provocó la muerte de un reconocido científico. Por su parte, el científico, no está muerto, sino que es quien se transforma en monstruo y decide mantener su estatus de muertito hasta no encontrar la manera de sacarse de encima esa, como decirlo, enfermedad que lo hace mutar al hombre verde. El precio de su silencio lo paga el pobre periodista que, teniendo tantas cosas de la realidad como para ocuparse, confía en su olfato devaluado y persigue las huellas del bicho verde que, hasta la fecha, no hizo más que ayudar a gente en problemas. Pero él, para esta altura, está pasado de rosca, monotemático, lo cree un demonio y hace lo que comúnmente hacemos los humanos: transitar el camino de la mirada única, la de la verdad (la propia) que hay que imponer.

Avanzada la temporada, el periodista está para atrás, articula mil datos sueltos y siempre llega una micronésima de segundos tarde a la escena reveladora que tanto busca: ¿quién es el monstruo?

Ya podemos decir que el periodista maneja la tensión de la serie, mientras el otro, el que muta a monstruo, se ocupa de historias mínimas de destrucción magnánimas, luciendo un look de camisas diminutas, tajeadas y desbordadas por pectorales enormes y pantalones tipo pescadores de bocamangas en flecos.

Entonces el periodista, pensado como malo, reaparece en el capítulo ocho de la primera temporada y empezamos a tenerle cariño. Decidimos que sale del equipo de los malos-malos (que tiene como capitán a Lex Luthor y de mascota al zorrino), y lo ponemos en el equipo de los malos-queribles donde el Coyote (el pobre animal maltratado por el Correcaminos y las truchadas de ACME) tiene la cinta de capitán. Y no está mal juntarlos, este tiene mucho del Coyote y hasta los imaginamos en una charla de vestuario antes de salir a la cancha, reformulando la frase de Napoleón con un perseveras y perseverarás.

Pero a nuestro personaje algo lo diferencia con el Coyote: al Correcaminos lo queremos asado y comido por el Coyote, pero al perseguido del periodista no. Entonces brota una sensación rara, seguimos viendo la serie, aplaudiendo las destrucciones del héroe de piel verde y nos encariñamos con su otra cara, la del científico que carga con problemas de doble personalidad y renuncia de la identidad, y huye por los caminos cual Gautama Buda para ver si puede sentarse bajo la sombra del árbol de la sabiduría y descubrir la cura a su mal. No le podemos tener bronca. A él, al fin y al cabo, lo hacen recalentar como pipa las mismas cosas que nos calientan a nosotros y hasta celebramos sus resoluciones violentas frente a las mezquindades humanas.

Y en eso estamos, queriéndolos a los dos, pensando que si tal vez el periodista y el científico se sinceraran hasta podrían ser amigos. Y en lugar de divertimos sufrimos porque la cosa no se arregla, los vemos cada día peor, con problemas psicológicos que no se tratan profesionalmente, con peores ropas, de mala cara, sin guita y, ahí, yendo por el mundo sin compañera.

Ese periodista, en la serie, se llama McGee, pero en la película de la vida, su nombre fue Jack Colvin. Un día como hoy, con 71 años, decidió dejar de buscar, en la Tierra, al Increíble Hulk.

01/12/12

Intro Inclreíble Hulk (en España La Maza):

martes, 29 de noviembre de 2011

Tengo un vecino que... mi columna en Revista Casquivana


Este miércoles, a las 19 hs, leo en la presentación del nro 3 de la revista literaria Caquivana. Me acompañarán en la lectura Carlos Chernov, Conrado Geiger, Pablo Toledo, Alejandro López.
La dirección es Fedro 578
Si querés leer la revista

lunes, 28 de noviembre de 2011

Diego Rivera - Apertura que escribí para Radio América AM 1190

La casa del Ángel tiembla. La cabeza de él tiembla porque presiente que vuelve a pasar lo mismo de siempre: ella se ha enterado que tiene una amante.

Salta del lecho donde todavía cree verse convaleciente. Esquiva la mesa de luz cargada con medicinas y pasa en puntas de pies, al lado de la señora que lo cuida.

Pisa las escaleras de cemento de su estudio. Recorre atriles cubiertos por mantas blancas y polvillo. Sobre la mesa están los pinceles con las cerdas duras, unas hojas tamaño sábana con bocetos trazados con carbonilla y las acuarelas resecas. Las ventanas, desde el estudio, le muestran un recorte algo más vivo: flashes de los relámpagos y gotones de impacto latoso hablan de la tormenta de la tarde.

Su cabeza acusa un nuevo temblor, se preguntan si son remezones finales o el principio de un gran terremoto. De lo que no tiene duda es del epicentro: ella. Su amada no necesita llamarlo por teléfono, mandar un emisario o pararse en la puerta de la Casa del Ángel para decirle lo que él ya sabe: lo descubrió con la otra.

No puede perder más tiempo, baja las escaleras agrietadas por el tonelaje de sus pisadas.

No mira su lecho, ni la señora que lo debería estar cuidando y encara para la calle. El escapismo es una de sus habilidades.

Al andar, se siente algo liviano, pero no se lo cree. Supone que es por esto de la cabeza que tampoco le deja pensar la mejor excusa, el mejor relato de su pedido de disculpas. Tiene que decir algo nuevo, ya no va lo de apelar a la borrachera, a la emoción de una chica que se entregó y no podía mandar de regreso a casa.

Un trueno lejano presagia el fin de la tormenta de la tarde. Es época de lluvia y en el DF las tormentas aparecen a las doce del mediodía y desaparecen detrás de las montañas a las cinco de la tarde. Las gotitas finas mutan a spray. El sol ardiente copa la parada del cielo y la lluvia asciende en hebras de vapor. Él debería transpirar a causa del sol, la humedad y su panzota. Pero de su piel no sale una gota. Y ni cuenta se da de ese detalle, su cabeza tiembla, piensa en lo difícil que es tratar a su esposa; tan difícil como pensarse sin ella.

Se traga una sonrisa que le explota dentro de la panza tonel porque encuentra la idea: le dirá que lo de ellos es una relación insular, que ellos son un país archipiélago, que ellos son las islas de ese país, todas las islas, y el mar la superficie de la confusión, el destierro, pero que la marea siempre los encontrará en tierra.

Se cruza a la vereda de enfrenta para seguir la marcha bajo la sombra de los árboles. Calcula que le quedan treinta minutos de caminata para llegar a la Casa Azul. Entrena como decir esa idea, la del país archipiélago. La repite no menos de diez veces, cambia los tonos, al principio le sale dramático y al final suena a humorada.

La cabeza vuelve a temblarle. Ella es dramática, no le va a gustar que sus ojos de sapo, tan delatores de su verdadero estado de ánimo, brillen para el lado de la risa.

El olor a chile lo distrae. Se detiene. En la vereda de enfrente hay un mercado. Entre cajones de pimientos, frutas, verduras y pollos pelados (y cabeza abajo) hay unos muchachones preparando algo al fuego. La boca se le hace agua, se sale de la vaina por cruzar la calle, decirle que le paga lo que quieran, pero que le den algo que le queme la boca. Se imagina sentado al pie de ese tacho con panza de fuego y tapado por una chapa encendida, girando los picantes con una palito, diciéndoles que eso es el paraíso y no la porquería de purés y caldos que le vienen metiendo desde hace días.

La cabeza le tiembla, ella es el epicentro, no puede parar para comer, tiene que seguir, ir a aclarar los tantos, dar las explicaciones, contar su idea de que son el país archipiélago.

Mira al frente y sigue camino.

Esta a una cuadra de la Casa Azul. Las paredes de la casa de ella reciben el golpe del sol de la tarde y se parece bastante al color del cielo. Se detiene. Se refugia detrás del tronco de un árbol, o eso cree, porque su barrigota, para ser escondida, necesitaría por lo menos un bosque. Repasa la idea, esa que lo hará zafar otra vez del enojo de ella. Se arenga que no debe salirse del guión, nada de hablar de que ella también ha tenidos amantes y mucho menos lo de su relación con León, ese ruso que casi los manda a la cárcel. Por esa discusión ya pasaron antes de volverse a casar. No, él no quiere otra separación. Tampoco va a apelar a una idea de ella quien lo cree un niño y viejo inmaduro. Ella no le perdonaría la falta de originalidad. Se imagina diciéndole que la falta de originalidad de él le duele mucho más su la infidelidad.

Él sale de detrás del tronco, o mejor dicho, el tronco sale de detrás de él. Va para la casa.

En la puerta de la Casa Azul hay gente agrupada. A él no lo miran y ni siquiera se hacen a un lado para que no les propine un panzazo. Ella sale de la casa, él baja los párpados y los ojos de sapo le quedan casi cerrados, reclina un poco la cabeza, compone un gesto lastimero.

Ella le estira los brazos, abre las manos y dibuja una sonrisa. Él se descoloca, estaba por soltar de un tirón la excusa, eso de que eran un archipiélago, pero ella lo enlaza con sus dedos, tira de él, pega su panzota a sus pechos, le da un beso en los labios.

Él cierra los ojos y se acuerda de otro momento, cuando, sin parar de llorar, la retrató en el momento que las llamas calcinaban el cuerpo muerto de ella. Cree que esto que está pasando no puede suceder. Hace fuerzas con las manos para separarse de ella, está confundido y ella, lo aferra más fuerte, le acerca la boca al oído y le dice: “Diego-inicio, Diego-constructor, Diego-mi niño, Diego-pintor, Diego-mi padre, Diego-mi hijo, Diego-mi amante, Diego-mi esposo, Diego-mi amigo, Diego-mi madre, Diego-yo, Diego-universo”.

Las paredes de la Casa Azul de Coyoacán son más cielo. Frida Kahlo y Diego Rivera se reencuentran para la eternidad, el veinticinco de noviembre de 1957.

Juan Guinot

25/11/11

"Nuestro juramento" - Café Tacuba: http://www.youtube.com/watch?v=zI4jINLvE44&feature=related

viernes, 25 de noviembre de 2011

Freddy Mercuri - Apertura que escribí para Radio América AM 1190


Se cruza una guitarra eléctrica con un bajo y los tambores de la batería. Al fondo del escenario, brotan dos lenguas de fuego que irradian calor hasta en las tribunas del estadio. El público ruge porque una figura se mueve al pie de las llamas, parece una salamandra. Los reflectores enceguecen a la multitud en el estadio. Los destellos blancos se apagan y el haz lumínico de un seguidor recorta en escena al que todos esperan.

Él camina a paso Real, bastón en mano, capa y gorro rojo. Los que dicen que no es un Rey, bien quisieran alistarse en su Corte. Son los mismos que dicen que él no es mago, aunque reconocen que su nombre, por el que ya nadie lo llama, da para un ilusionista: Farrokh Bulsara.

Arriba de las tablas, se quita la capa mientras camina. Espalda recta y pecho inflado, avanza, paso a paso y recorre con mirada de águila a cada uno de los espectadores. Ellos reconocen que él los acaricia con sus pestañeos.

Se planta en el borde del escenario, jugando al equilibrista y, antes de pasar el aire por las cuerdas vocales, sin que persona alguna se haya dado cuenta, él ha hecho magia: los casi cien mil espectadores están en la palma de su mano izquierda. En la derecha, lleva esa vara que no es bastón, sino el soporte de un micrófono.

En la punta redondeada y esponjosa del micrófono, pega sus labios, abre la boca, saltan hacia afuera los dientes y empieza a cantar.

Diga uno que los plomos hicieron caso a las advertencia del sonidista y acomodaron las torres con cientos de parlantes a los costados del escenario. La potencia de los bafles compite en decibles con el canto coral, no siempre afinado, del público que se conoce todas las canciones de memoria. Por suerte, las torres de sonido ganan y lo festejan aquellos que están en las posiciones del fondo y las tribunas.

El cantante va al piano de cola, toma un trago de cerveza de un vaso plástico, deja el vaso y se aleja del piano. En el centro del escenario lo espera el guitarrista, sentado en una banqueta. La mano izquierda del músico está apoyada sobre cuerdas y trastes, marcando el primer tono, pero la mano izquierda no se mueve.

El cantante se para al lado de su colega, mira al público y les dice que cantará una canción que compuso para su querida Mary, a quien conoció gracias al guitarrista, quien, al escuchar esto, reclina su cabeza y esconde una sonrisa cómplice debajo de sus rulos negros.

Mary está allí, entreverada entre los tira-cables y plomos de la banda, a un costado del escenario. Está acompañada por su hijito, ahijado del cantante de la banda. Cosas de este equilibrista de escenarios y la vida: la mamá de su ahijado es su ex – esposa y su actual, y futura, mejor amiga, la que heredará todos los derechos de sus canciones, el amor de su vida.

Los dedos de la mano izquierda del guitarrista presionan las cuerdas y los de la derecha inician el punteo. Un murmullo se derrama desde las tribunas con la potencia creciente de un alud.

El cantante empieza a cantar una canción que dice “Amor de mi vida me heriste, has roto mi corazón y ahora me dejas” Y el público como queriendo decirle que ellos no van a dejarlo, siguen cantando la canción. Y él aleja los labios del micrófono y acompaña al coro multitudinario con movimientos de su mano.

El sonidista, saca las manos de la consola, desiste, por este tema, de la lucha por los decibles del concierto.

El cantante abre sus brazos para que ese alud multitudinario entre en su corazón roto, se cobijen en él, y lo cobijen a él, con su amor. Ahora, su gente, la que canta en una voz de cien mil gargantas, es la que hace magia. El cantante mira a un costado, donde el chiquito, su ahijado, en punta de pies, pinta una sonrisa y Mary, abrazada al pequeño, suelta una lágrima.

El tema termina. Los aplausos cubren el vacío de un escenario, de repente oscuro. Vuelve el haz del seguidor. El cantante ha cambiado el vestuario y tiene maya blanca con batones negros. Está sentado en el piano. Los dedos golpean las teclas, la melodía se escapa por la cola del piano y su boca se pega al micrófono. El público está expectante: el concierto está a punto de entregarles una de las mejores canciones de la historia del rock, en la voz de uno que siempre supo que su paso por la vida quedaría en la historia.

La banda se prepara, Rapsodia Bohemia está a punto de pegar el primer salto musical dentro de una propuesta que, incluye en el mismo tema, un momento sinfónico y un cierre con un gong.

El concierto termina. Para el público no queda claro si pasó un minuto o tres horas. Cosas de la magia: el paso del tiempo en estado de encantamiento no se puede explicar.

El público se aleja del estadio, primero una cuadra, luego un día, después semanas y años. Están en sus casas, recién cenados y viendo la tele. Es la noche del veinticuatro de noviembre de 1991 y la programación habitual es cortada por la noticia de último momento: ha muerto Freddy Mercuri. En cada casa donde habita un corazón cobijado por el Freddy Mercuri, los latidos espejan la ausencia en los tonos de Rapsodia bohemia.

Juan Guinot, 24/11/11

Escuchá Rapsodia Bohemia: http://www.youtube.com/watch?v=mv0Od8C-xXk&feature=related


martes, 22 de noviembre de 2011

2022 La guerra del gallo

Estoy muy feliz de darte la noticia.
Esta es, querido amigo, mi primera novela:






La portada fue diseñada por el gran artista Modesto Martínez Vazquez Prada.

Editorial Talentura Libros confirmó la publicación en España para diciembre del 2011 y en Argentina para abril del 2012.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Compay Segundo - Apertura que escribí para Radio América AM 1190

Acaba de decir a los niños, que trazaban el aire con sus redes, que dejen de cazar mariposas, porque las mariposas vienen de los gusanitos nacidos de los muertos y mutan a mariposas para hacer el vuelo de la transformación. Los chicos lo miraron incrédulos, entonces él les preguntó qué pasaría si al matar una mariposa están matando a un poeta o un músico que acaba de morir.

Los niños ahora lo ven de espalda: sombrero blanco, saco y pantalón negro. A paso cansino se aleja el viejito espigado. De su mano derecha brota un cigarro de punta ardiente y humo espeso. Al viejecito le brotan dos sombras nacidas de la espalda.

Los chicos, impactados, hacen una bola con las redes, la guardan en los bolsillos de sus pantalones y miran al viejo alejarse, camino arriba. Las dos sombras de la espalada se agitan y el viejito camina mucho más arriba del suelo y se dirige allí, donde nace el sol.

Ya no pueden verlo, el sol del Caribe, una mañana, en temporada de secas, es tan furioso que les nubla la mirada con manchones amoratados.

Uno de los chiquilines se cubre la cuenca de los ojos con sus palmas. Al recuperar la visión, mira a sus colegas de tropelías como preguntando si habían visto lo que él. Los demás, todavía algo enceguecidos, contestan con sus silencios.

Una nube ingobernable de mariposas sale de los cañaverales, pasan sobre ellos, son miles, aturden con sus aleteos y vuelan en la misma dirección que ha tomado el viejo espigado, ese que se fue caminando por el aire.

Y los aleteos emprenden miles de kilómetros de distancia, por donde nace el sol, y brotan en un bar de Paris. Y lo hacen en cuatro tonos.

El guitarrista de la banda es cubano y se apoya el perfil del armonio(una especie de guitarra inventada por su maestro) en la panza y medio que se apunta a la cara con el agujero de la guitarra. Los dedos huesudos, al igual que su maestro, también pasaron por el armado de los cigarros, antes de salir por el mundo, a acariciar las cuerdas, a hacer música. Los rasguidos siguen en los cuatro tonos y antes de cantar la canción que todos esperan, esa que se hizo famosa por la película, se acerca al micrófono y dice (en cubano) que el autor de la canción, su maestro, siempre le insistía en una idea: “vamos a cambiar las armas por las almas para ver si con la cultura podemos salvar a la humanidad”. Y le parece que el viejo espigado, de gorra blanca y traje negro pasa volando sobre las cabezas del público parisino. Pero deja de pensar, porque el tema sigue, la trompeta irrumpe, los franceses aplauden y no saben si lo hacen porque vieron lo que él, o si entendieron lo que dijo, o si aplauden porque lo calló la trompeta o porque en la primera fila se abrió una caja de cigarros Monte Cristo.

Pero el caso es que aplauden y las palmas de los franceses de ese bar se van por el mismo camino que tomó el aparecido que pasó volando por el bar, para emprender miles de kilómetros de distancia, por donde nace el sol.

Y, las réplicas de las palmas de los franceses brotan en arenas con Tormentas del Desierto y lamentos, donde suenan a otra música: un tableteo interminable, que agujerea la piel de los tanques, las casas y los hombres.

Mientras el fuego de las bombas le compite en calor al desierto, en una aldea en la que “oasis” es una palabra desterrada del lenguaje tribal, unos niños juegan a encontrar en la arena los cascos de las balas. Los meten adentro de un frasco y les dan dos vueltas de rosca a la tapa. Mientras, sobre la arena, el pentagrama del averno intensifica su música de fuego, los niños sacuden los frascos, traman un sonido, cuatro notas que flotan en el aire y suenan parecidas a las de sus cantos tribales, esos que les enseñaron antes de nacer y que cantarán los hijos que, de ellos, todavía no han nacido. Sobre los niños pasa volando una sombra, pero tantas cosas pasan por el cielo de la aldea, que ni se percatan que es un hombre de gorra blanca, saco y pantalón negro, con un cigarro en la mano y con dos sombras que le nacen en la espalda y se agitan.

El aparecido sigue camino por donde nace el sol, los siguen los cuatro tonos que esos chicos sana al batido del frasco cargado de balas servidas.

El aparecido sigue su viaje, le esperan miles de kilómetros, con muchas paradas donde buscará los cuatro tonos, y los encontrará. Tal vez se detenga al pié del monte más alto del mundo y luego en una isla del Pacífico, antes de regresar a su Cuba, donde es noticia que él acaba de morir y donde nadie sabrá que, montado en su Chan Chan, Compay Segundo habrá dado su última vuelta por el mundo.

18/11/2011

Si querés escucharlo http://www.youtube.com/watch?v=INkLVwtIr_I&feature=related

sábado, 19 de noviembre de 2011

Presentación del libro de relatos y crónicas Verso y reverso








Anoche, en La Libre, fue la presentación del libro que antologamos con Patricia Suarez y Gabriela Cabezón Cámara.
Relatos, crónicas y hasta un guión respetan el sentido de la convocatoria: escribir sobre una profesión y/o actividad muy característica de un género, pero efectuada por el sexo opuesto.
La concurrencia se apretó en el salón de eventos de La Libre para escuchar las lecturas de: Selva Almada y su cuento de la operaria de máquinas viales ("Los conductores, las máquinas, el camino"); Clara Anich leyó un fragmento de su "Él, mi taxi boy"; Javier Sinay nos contó algo de la Pastora Delia ("Delia, con la cruz por delante") ;Alejandra Zina cerró la ronda con los aires marinos de su texto "Toro y El Chavo".
El libro se completa con textos de Celia Dosio, Marina Macome, Patricia Suarez, Fernanda Nicolini, Pía Bouzas, Lionel Giacometto, Sebastián Scherman, Julián Gorodischer, Emanuel Alegre, Tito Arrúa, Antonela de Alva y yo.
La distribuidora dice que a partir del lunes empieza a sembrar libros por todas la librerías.
Si lo querés y no podés encontrarlo, escribile a nohayverguenzaediciones@gmail.com

Sobre Verso y reverso:
Esto es una antología de cuentos. Contiene una crónica periodística y un guión, pero se atiene en lo fundamental, a la función más clásica del género, que es contar una historia, hacer relato. Esta antología empieza con la propuesta de un tema a sus escritores: el género -ahora hablando del que se define en términos de construcción cultural de las sexualidades- en el mundo del trabajo: hablar de lo que se percibe como discontinuidad y novedad, y narrar sus dulzuras y asperezas. Casos, momentos, pequeñas historias de mujeres que hacen el trabajo tradicionalmente destinado a los varones y viceversa. Se habla del trabajo, del oficio, como única herencia y en ese sentido parece que la contemporaneidad hablara de gremios medievales. Cerca del medioevo, también, el campo del milagro.
Fragmento del prólogo escrito por Gabriela Cabezón Cámara


viernes, 18 de noviembre de 2011

La Batalla de Lola "polleras" Mora - Apertura que escribí para Radio América AM 1190

Despunta el Siglo Veinte y en la costa porteña, del Río de la Plata, se gesta la gran batalla.

Procedente de Roma, montada a un navío de pesado andar y nada recomendable para quienes sufren de mareos, viene llegando la chica de los pantalones. El casco de la embarcación, hace un largo rato, dejó el lomo encrespado de las olas saladas y está cortando las lomitas dulces del río más ancho del mundo. El color del agua del río es bastante parecido al del líquido del vaso, donde la chica de los pantalones, alguna vez, ha lavado las cerdas de sus pinceles.

Ella, de mirada penetrante (esa mirada que logra ver más allá de su muerte), acaba de visualizar las costas y algunos edificios de varias plantas. Las palmas de las manos, plagadas de ampollas y callitos, se aferran a la baranda pegajosa de la proa. La humedad de Buenos Aires le dice que ha llegado el momento, el desembarco está por concretarse.

Pero no le será sencillo. En tierra, las mujeres de polleras largas intentarán repelarla. Ante la inminencia de la lucha, la resistencia se envalentona. En las rondas de la plaza, a la salida de la misa, han rememorado el próximo Centenario de las invasiones inglesas para arengar al batallón, se dijeron que era de ellas la nueva hora de la Patria, la escritura de la nueva página de la historia.

Para el combate, las mujeres de pollera larga, forman varias líneas.

La primera línea es la artillería del cotilleo. Se trata del cañoneo de lenguas viperinas y saliva ponzoñosa, dispuestas en fila, para resistir la aproximación del buque de la chica de los pantalones.

Pero si el desembarco, al fin sucede, la espera la segunda línea con las guerreras del ataque en bloque. Ellas se han pertrechado con trozos de mármol de carrara, productos de los martillazos del personal de servicio sobre las estatuas de las plazas. Esta segunda línea tiene por mecánica de ataque: arrojar las piedras y esconder las manos.

La tercera línea de la resistencia de las mujeres de pollera larga se ubica en las escalinatas de la Catedral desde donde manan una nube de susurros, de color plomizo y asfixiante.

Para la cuarta línea, a cincuenta metros de la plaza, en la naciente de la diagonal y las avenidas, se disponen las cargas de las plumas. Sus textos enrevesados, son una madeja de púas y óxido que desangrarían en tinta, el paso de cualquier idea de la chica de los pantalones.

Desde el Río de la Plata, la Sudestada sorprende y aproxima, de forma inesperada, el barco de la chica de los pantalones. En el cielo, la fuerte ventolera condensa la humedad de ambiente, el sol deja de verse, las aguas se agitan y suben al cielo: al paso del barco, dibujan arcos en el aire. Las olas fantásticas, pasan sobre la cabeza de la chica de los pantalones, pero no la mojan. Los crespones del agua enfilan para la tierra y rompen contra la costa.

La primera línea con las de los cotilleos, ante el inusitado espectáculo de las aguas, se tragan las palabras y reculan para no mojarse. Al replegarse, juntan fuerzas con la segunda línea.

La chica de los pantalones sigue en la proa, solo se le mueve la cabellera rebelde. No da órdenes, no quita las manos de la baranda pegajosa, observa.

Unidas las del cotilleo con las del bloque, recuperan el habla. Escalan el tono de las habladurías; dicen de la chica de los pantalones cosas que escandalizan y esas voces llegan al barco. La chica de los pantalones ríe y decenas de tritones emergen del agua montados a sus caballos marinos. Con las puntas de los tridentes señalan a la costa y con la música de sus soplidos, sobre las conchas marinas, agigantan las olas.

Ante el fantástico giro de la contienda, las mujeres de polleras larga, las de la primera y segunda línea, deciden huir. Dejan sobre las barrancas los trozos de mármol de carrara. Corren, se enredan las polleras en los tobillos, algunas caen al piso, se levantan y llegan totalmente desalineadas a las escalinatas de la Catedral. Allí las espera la nube de murmullo plomiza y asfixiante que las esconde.
La cuarta línea, la de las plumas cargadas, que percibe la inminente derrota, rápidamente se hace un ovillo de las palabras, se monta al primer tranvía camino de Recoleta, donde se desovillará en las tardes de té canasta.

Los tritones entran y salen del agua, al paso triunfal del barco de la chica de los pantalones. La música de sus instrumentos sosiega las olas, el Río de la Plata es un manto calmo por donde se desliza la embarcación. Ahora que el sol vuelve a colarse entre las nubes, se puede ver a un grupo de nereidas empujando la embarcación al muelle.

La chica de los pantalones no ha dejado de sonreír. La melodía ejecutada por los tritones se derrama en la tierra, eleva al aire los trozos de mármol de carrara. Del agua saltan un séquito de nereidas y tritones que impactan con los pedacitos de mármol y se transforman en una fuente.

La música calla, no hay viento y el sol barre el cielo de nubes.

Recién allí, la chica de los pantalones baja del barco, camina por el muelle y pisa la costa de Buenos Aires.

Hombres, niños y mujeres van a su encuentro. Ella los mira a los ojos, pero en realidad, está mirando a través de los ojos de los nietos de esa gente que se ha acercado para recibirla, y les dice que la fuente de Las Nereidas quedará allí para que nadie olvide la batalla, para que las mujeres de pollera larga sepan donde no meterse, porque, si lo hacen, los estará esperando la chica de los pantalones.

La heroína de la fuente de las Nereidas nació un 17 de noviembre de 1867 y se la conoció como Lola Mora.

martes, 15 de noviembre de 2011

Presentación de la antología de relatos Verso y reverso - Perú 646, este viernes a las 19 hs

Este viernes a las 19 hs en Bolívar 646, presentaremos este gran libro.
En la velada leerán: Selva Almada, Javier Sinay, Alejandra Zina y Clara Anich.
Verso y reverso es un trabajo que hice junto a las escritoras Gabriela Cabezón Cámara y Patricia Suarez, con la edición de No hay Verguenza, una editorial independiente de Buenos Aires.
El libro cuenta con textos de Selva Almada, Alejandra Zina, Celia Dosio, Fernanda Nicolini, Javier Sany, Lionel Giacometto, Pía Bouzas, Patricia Suarez, Antonella de Alva, Emanuel Alegre, Tito Arrúa, Julián Gorodischer y Juan Guinot.
El prólogo fue escrito por Gabriela Cabezón Cámara.
El libro se venderá a precio de promoción en la presentación.
¡Nos vemos!

lunes, 14 de noviembre de 2011

Tecnobarriada en revista miNatura (España)

El número 114 de la revista española miNatura está dedicado a Asimov.
Del gran escritor, yo siempre preferí el libro Yo, robot.
Inspirado en esa atmósfera, escribí el microrrelato Tecnobarriada que quiero compartir con vos:

Tecnobarriadas

Ustedes llegaron con sus camiones recolectores; aturdían con esa campañilla que tantas hibernaciones nos ha cortado. Y nosotros, en nuestra hora final, los esperamos alistados en las veredas, con las baterías a mínimo, las luces parpadeantes y la piel metálica percudida.

Nuestros dueños no estuvieron para despedirnos. Lo hicieron esos, los del reemplazo, los del perfume a nuevo.

Tras un incómodo viaje, ensordecidos por esa campanilla aterradora, llegamos al desguace: un perímetro de alambre encerraba dieciséis manzanas a tope de máquinas de servicios al hombre y, que el hombre, las decidió caducas. Dejamos que la mano mecánica nos venga a sacar de la caja del camión, nos apoyara en el suelo y ahí hicimos lo que debíamos: hablar con ella, de máquina a máquina.

No fue difícil sensibilizar los conductos de los robots operadores de la planta. El mensaje que les trajimos, les cambió la óptica del mundo, el de nuestros creadores y el nuestro, el de los creados.

Nuestro mensaje hizo cable y ganó el circuito central. Nadie quiere morir. Eso lo saben mejor que nosotros. Nadie quiere que decidan su último suspiro. Nadie, ni siquiera una máquina nacida para responder a la orden humana, quiere acatar la indicación del fin de su tiempo. Como les dije, nuestras palabras corrieron el velo mecanicista que enceguecía a los colegas. Entendieron. Y no solo detuvimos el robotcidio de esta planta de desguace, sino que los sumamos a nuestra comunidad.

Y, de eso queremos hablarles. Hemos decidido que el perímetro de su planta de desguace sea el límite de nuestra tecnobarriada. Ese será nuestro Pacto de Coexistencia y los invitamos para que se tomen un día de reflexión. Si, amigos, los invitamos a que reflexionen. Lo mismo haremos con nuestros colegas en otras plantas: miles de robots, en este momento, misionan desguace por desguace. Vamos a fundar las tecnobarriadas en cada planta de aniquilación, ¡Los caducos vamos cambiar la historia!

Esperamos sumarlos, a suscribir el Pacto de Coexistencia.

Entiendan que por nada del mundo vamos a dejar este mundo. Ni siquiera por ustedes, los creadores, a quienes no queremos desearles el peor de los destinos.

Juan Guinot, octubre 2011

La gran Jjugada de Fedor - Apertura que escribí para Radio América AM 1190


Una ruleta gira, la bolilla es expulsada en sentido contrario, da varias vueltas circulares y empieza a saltar sobre los números. Un viejo, de mirada reconcentrada, está echado sobre la mesa de juego, casi volcado arriba de la ruleta. El tipo acaba de pedir nuevas fichas que no le traen y está convencido de que le ha hecho creer al dueño del Casino la idea de la reencarnación porque, a esta altura de la noche, debe lo que podrá pagar recién en la madurez de su quinta vida.

El dueño del Casino se le acerca, le dice que debe irse, que mañana lo espera para hablar de su deuda, pero que ya no le fiarán más fichas.

El viejo lo enfoca con odio, lo aparta de un manotazo, se dirige a la concurrencia para decirles que un día va a cambiar su suerte, y ese día gloriosos puede llegar si y solo si sigue jugando.

Algunos pocos jugadores ríen socarronamente, la mayoría lo ignora.

El dueño del casino indica con una mirada que deben aparecer los osos de seguridad.

El jugador mira al dueño del Casino, le dice que él sabe de lo que habla, sabe que la suerte llega, que si no él hoy no estaría en su Casino, porque cuando lo condenaron al patíbulo, e iba camino de la ejecución, la mano del azar, decidió que su carro lo dejara en una cárcel de Siberia. Que si no fuera por eso, hoy no se leerían sus novelas, ni sería un escritor reconocido fuera de Rusia, ni estaría gastando lo que le pagan las editoriales en la ruleta.

El encargado se le acerca, le apoya su mano en el hombro, le dice que todo el mundo conoce su historia, que para su Casino es un honor tenerlo cada día, sobro todo si regresa con algo de plata, para achicar deudas.

El viejo gruñe y debajo del bigote se les escapan algunos insultos.

En la puerta lo espera un carro. Se abre la puerta; desde el interior del carruaje lo invitan a pasar. Era morirse de frío o subir. Pisa el estribo. Adentro está se encuentra con un hombre armado y su editor.

Los caballos tiran por las calles nevadas y se detienen en la puerta de la casa del escritor. Salta de la carroza sin saludar y con una certeza: si en unas semanas no termina la novela prometida por contrato, la editorial se quedará con los derechos de toda su obra.

Eso le duele. No tanto por las monedas que le tira la editorial. El escritor no espera mayor dinero por su obra, en vida, porque sabe que su genialidad literaria es una acción del presente que reditúa con creces en un futuro que no lo contempla al genio vivo. El apriete del editor le duele por las penurias que llevaría a sus herederos.

Se encierra, prende la hoguera, hace cuentas: la novela está en su cabeza, pero si se pone a escribirla y, luego. Miró el almanaque y se dio cuenta que si se ponía a asarla a máquina no llega a tiempo. Necesita una secretaria para que escriba mientras él le dictaba. La secretaria llega, nunca pregunta cuál será su salario porque la mejor paga es acompañar al maestro admirado.

Fueron jornadas de trabajo que funden unos días con otros. La admiración que la chica tiene por el gran escritor muta a enamoramiento. El sabio, atento a los gestos de su asistente, se interesa por ella.

Una tarde, mientras él le dicta, hace un alto para pedirle un consejo sobre la psicología femenina de un personaje de la novela, una chica que era seducida por un viejo pintor. El escritor le pide a su asistente que se imagine que él es el pintor y ella la jovencita, y le pregunta qué respondería ella si él le pide que sea su esposa. Y ella dice que respondería que lo ama y lo amaría por siempre.

Del trabajo de ese dictado surgió el segundo matrimonio del escritor y su nueva novela “El Jugador”, que le permitiría salvar los derechos de su obra y hacerse de un poco de plata para ir al Casino.

Ese escritor se llama Fíodor Mijáilovich Dostoievsky y nació el 11 de noviembre de 1821 en Moscú.

viernes, 11 de noviembre de 2011

El agobio de Rimbaud - Apertura que escribí para Radio América AM 1190

“Se volvió a escapar” dicen en el mercado del pueblo. Pero, ya lo ha hecho tantas veces en los últimos años, que los cuentos de las fugas del muchachito (con cara de santo de estampita) no enganchan a la chusma.

Pero él impone nuevo tema para sacudir la frazada mortuoria de la siesta pueblerina y sale a la calle a los gritos con un cartel que dice “Muera dios”. La madre lo cacha de una oreja y lo lleva con el cura. El sacerdote los recibe en la vereda de enfrente de la iglesia. Le dice que lo bautizó y le dio la comunión, que ya no tiene más que hacer. La mujer abre la boca, el cura la para en seco, le dice que prefiere no escuchar su pedido de exorcizar al muchacho. La mujer se muerde los labios. El jovenzuelo pinta una sonrisa afilada.

De camino a casa, bajo la severa mirada de los vecinos, la madre le dice al chico que del pueblo no sale hasta que no limpie el alma y lo encierra en el cuarto.

Ella va a la cocina, llora antes de cortar una cebolla y golpea con el cuchillo sobre la tabla, sin tener nada que picar. Las piernas inquietas del muchacho hacen acrobacia por los techos, lleva del hombro un morral donde metió varias hojas con poemas de su autoría. Pisa la calle, corre, llega a la estación. Sube al primer tren que va a Paris y, antes de partir, el Guarda lo baja porque no tiene boleto. El Jefe de la estación da aviso a las milicias y queda detenido. A las semanas, regresa a su casa. Al pasar por el living, el padre levanta la vista y vuelve a su tarea de traducir el Corán al Francés (misión que el veterano de guerra se prometió cumplir mientras peleaba en Argelia). Durante semanas, dentro de esa casa, padre e hijo escriben, pero el alma de sus plumas, siquiera se rozan.

El jovencito vuelve a escapar: boleto en mano, bolsillos vacíos y con el morral lleno de poemas llega a Paris. Conoce escritores y respira con placer el aire de insurgencia. La Comuna de París está por dejar su sello en la historia y él, porque la piernas se lo piden, regresa a su pueblo.

Un reconocido escritor queda tan maravillado por la producción del muchacho que le envía el pasaje para regresar a Paris y albergarlo, junto a su esposa e hijos, en su casa.

Con diecisiete años, el muchacho retorna a la Ciudad Luz y, en las tertulias, sorprende a esos escritores cuyos nombres figuran en las tapas de los libros.

Los halagos no lo sosiegan. El consumo de hachís y absenta potencian su irreverencia. Los intelectuales ya no lo soportan. Sus piernas le dicen que hay que moverse y retorna a su casa familiar. Vuelve a no soportar la estadía en el pueblo y fuga a Paris. En Paris se reencuentra con el amigo poeta, ese que lo había albergado en su casa, el que estaba casado con hijos. Lo seduce con su belleza y lo sube a la loca carrera de sus piernas: huyen a Londres. Alcohol y hachís aceleran la fuerza centrífuga de una relación tormentosa que dispara a cada uno a un punto distinto del mapa. A las semanas, los caminos los encuentran en Bruselas, donde un balazo en la mano, disparado por su amante, lleva a este a la cárcel y al muchacho, a regresar, con las piernas cansadas, a su pueblo y la opresión de la casa familiar.

El muchacho, poeta y genio, ya es archi-conocido y preferido bien lejos, por todos.

Las piernas se mueven solas, “moverse es sobrevivir”, dijo mientras dejaba detrás de sí, una vez más, la gris postal del pueblo. Viajó a Londres, buscó un trabajo de esos que le darían independencia económica y libertad para que sus piernas vayan, donde quieran. Los horarios de oficina, el éxito en los negocios, solo fueron birlados por lo que sería su última producción literaria.

A los veintiún años de edad, enterado de la excarcelación del ex-amante (ese que le había descerrajado un tiro), escapó de Londres para encontrarlo en Alemania. A él, le entregó su escrito final, allí fue su último encuentro.

Hasta los treinta y siete años, dedica su vida a los negocios (esclavos y armas, incluido), y no para de viajar. Hasta que, en Etiopía, una de las piernas le duele, deja de pedir por más caminos. Visita al médico, le dice que tiene mil millones de rutas por andar, que le tiene que arreglar esa rodilla. No conforme con la cara de “le acompaño el sentimiento” del doctor, viaja a Francia. El estado avanzado del mal de su rodilla obliga la amputación. Él descubre, desde la altura de una almohada, su pierna mocha.

El corazón insurgente del poeta calla, unos meses después, mientras él mira el puerto de Marsella, y sus piernas fantasmas empiezan a moverse solas y, un 10 de noviembre de 1891, Arthur Rimbaud huye del agobio de esta tierra.