lunes, 9 de mayo de 2011

Bitácora editorial XIII

Sermón de gracias

Son las siete de la tarde del jueves y estoy en la puerta el supermercado chino. Todavía no me animo a dar los cinco pasos que me depositarán en el portal del templo al que me mandó el policía. Las ruedas de los carritos del súper chillan destartale y tengo que moverme para que no rasuren la punta de mis zapatos (con dedo incluido). El templo está pegado al supermercado. Hasta hace pocos días ahí había un taller de autos. Uno de esos que trabajan hasta los sábados por la tarde y cada noche arman un asadito en la calle. Lo regenteaba un gordo que siempre estaba sentado, tomaba mate y le gritaba a los empleados que tenían la pinta de recién salidos de una escuela técnica y no les duraban ni dos meses. El taller siempre tenía el mismo auto con el capot abierto, apoyado en la rampa de la vereda. Siempre creí que era un desarmadero de autos robados. La avenida Warnes desborda de locales de repuestos y es un gran afluente de compradores que no preguntan si los repuestos son o no robados, siempre y cuando el precio sea de “promoción”. Un día se lo conté a mi esposa y me dijo “Pará con tus historias, al final todo el mundo es lo que vos te imaginás”. Por eso esta mañana, al salir, no le dije que iba a un templo que funciona donde estaba el desarmadero de autos. Para que no pregunte le dije estar trabado y que volvía cuando se me pase. “Estoy trabado” en nuestro código de convivencia significa no estoy para hablar y ni me preguntés por qué. Ese mismo artículo de nuestro código de convivencia, como contrapartida, se contempla que no debo hablarle durante el desayuno.

El frente del templo es imponente: dos columnas de casi cuatro metros, pulidas y blancas, sostienen un triángulo amarillo que en el medio tiene el dibujo de cuatro estrellas en posición de cruz con una quinta estrella en el medio, tal y como la moza del bar, el policía de la cuadra y las monedas de mi balcón ya me han mostrado. Esta ilación de signos empuja mis pasos para pasar el portal y averiguar de qué se trata todo esto. Eso sí, entraré siempre y cuando los dos gorilas de casi dos metros, anteojos, traje, corbata y zapatos negros me lo permitan. Ahí voy. Los tipos se juntan y tapan el acceso. Me corre un frío por la espalda. En coro dicen: “Buenas tardes hermano Juan Guinot, lo estamos esperando para empezar el oficio del día”. Digo que yo también, como queriendo congraciarme, pero pareciendo decir que yo también los estaba esperando a ellos. Mejor no pienso en lo dicho y entro. Lo importante es lo que voy a decirles a todos estos si es que llego a descubrir quién carajo se sube a mi balcón para mover las monedas y hacerme creer a mi, justo a mí que creo literatura de ciencia ficción, que esas monedas se mueven por un extraño poder de telekinesis y que, además, el libro El Alquimista de Coelho es de un material indestructible. Los gorilas se hacen a un lado, abren el portal, aparece una cortina de paño morada. Estiro mi mano derecha y, con suma cautela, abro la cortina. Un olor a incienso de limón me genera un ligero ataque de estornudo que me trago y me hacen llorar los ojos. En realidad son velas aromáticas, un montón de velas que marcan el camino que hay que seguir para llegar a los bancos y se alinean hasta el lugar donde debe pararse el pastor. Ya hay gente sentada, se oye un murmullo como si estuviesen rezando. Empiezo a caminar y todos se dan la vuelta y aumenta el volumen del murmullo. Al tercer paso, descubro que lo de las velas aromáticas debe ser para tapar parcialmente el olor a aceite, combustible y ácido de batería impregnado en el lugar. Los bancos están ocupados y solo hay espacio en la primera fila. A medida que me acerco, veo en el frente una tela morada con el dibujo de las estrellas en cruz y delante del paño un pequeño atril. A cada lado del atril hay sahumerios encendidos. La luz que baña débilmente el salón no es de las llamitas de las velas, sale de debajo de esa tela y, es tan débil que, desde la primera fila no veo la puerta y siento como si estuviese entrado a una sala de cine con la película empezada. Observo a los feligreses. Hay un gran número de pibes tal y como el policía me lo había anticipado. Eso sí, el policía no está. “Sentate que ya empieza”, es la voz de la moza del bar del turno mañana. Saca una cartera de la silla para que pose mi culo al lado del suyo. Le digo un “gracias” lánguido que me sale de la tráquea y ella, aferrada a la cartera, vuelve a mirar al frente.
Aparece el pastor. Arrastra los pies al caminar y va despacito, con los brazos cruzados a la altura del pecho, la cabeza gacha, la mirada oblicua y clavada en el piso. Está de traje, corbata y zapatos negros, y camisa blanca. Adelanta un pie y pega el talón a la punta del otro y así repite el pasito para avanzar. Es como cuando contábamos los pasos en el picadito de fútbol para hacer el pan-queso y dirimir quién empezaba a elegir los jugadores para armar los equipos. Siguen los rezos en tono de murmuraciones. No entiendo qué dicen y pienso que mi esposa tiene razón con que me estoy quedando sordo.

El pastor se pone a un costado del atril, las luces se apagan. Quedamos a oscuras unos segundos en los que hasta me da la sensación que me palpan. Estoy por decir que no traje armas y me callo porque se prende un foquito del techo y, entre los parpadeos luminosos, veo que no tengo a nadie encima, debo estar sugestionado. El foco queda fijo y crece en intensidad para bañar con un destello sarroso toda la sala. Es de los de bajo consumo, de esos que los del súper del chino tienen en oferta si comprás seis botellas de Whisky Criadores. Ya imagino quien provocó la donación de focos.

El pastor comienza a levantar la cabeza y suma su palabra a la marea de murmullos y dice “Misa de Empleados del Millón” y todos callan. Lo dijo con los remilgos de un locutor empalagoso de los programas de radio de la madrugada y la concurrencia aplaude a rabiar. Me pliego al éxtasis de las palmas y, cuando el Pastor levanta la cabeza, lo reconozco, es el mozo desparecido, el que dejó la bici con la bolsita con el libro de Coelho y las monedas en el patio del bar, el que vengo viendo por las calles del barrio, el que fue a tocar el timbre y, por ir tras sus pasos, casi me deja el legado de una cagada a palos. No me mira. Para ser preciso, mira como si mirara a cada uno, pero no mira a nadie. Una y otra mano agarran un sahumerio, levanta los brazos y, sobre su cabeza, cruza los sahumerios y la respuesta coral es “Estamos en tu misa que es nuestra mesa, la misa de los Empleados del Millón”. Se hace un silencio, el Pastor vuelve a poner los sahumerios en las ranuras que los traban sobre el atril. Calzar el sahumerio de la derecha le cuesta y, en el forcejeo, se le cae la brasa de la punta. Yo escucho un “La puta” en boca de mozo-pastor, y se me escapa una risa que reprimo porque nadie se pliega. El Pastor, por fin, clava el sahumerio de la derecha, saca un encendedor del bolsillo del pantalón. Al hacer llama veo que la chapa del encendedor tiene el escudo de Boca y dice “Bienvenidos a la mesa, a la misa de los Empleados del Millón” y todos dicen “Empleados del Millón” mientras el mozo-pastor enciende el sahumerio. La punta hace brasa y la brasita del piso se apaga. Ladeado por dos columnas finísimas de humo el Pastor me señala con el dedo índice derecho y dice “El hermano Juan Guinot nos va a hablar en la misa de los Empleados del Millón” y todos contestan “Del Millón”. Demoro en ir, pienso en decirles eso que se me ocurrió hace dos días, lo de la idea de un planeta tierra atiborrado de gente que no muera nunca así reventamos por sobre-población; también pienso largarles que son los devotos de la religión de los chorros y, cuando estoy parado en el atril, con el mozo-pastor a mi diestra y la sala replete de frente, me pasa lo que una vez me pasó cuando me presentaron a Carlos Menem. Estaba en una cena de una fundación de señoras con plata que juntaban a los candidatos a presidentes y al Presidente de Argentina. Fue en el año 1999. Yo fui invitado por un colega del master. En un momento nos vinieron a buscar a la mesa para saludar al Presidente Menem. Yo que no lo podía ver ni en figurita, fui pasando entre las mesas y pensaba que le iba a decir que era un chorro y que un montón de chicos y viejos se murieron de hambre por su gobierno de forajidos; también que él y los gobernadores cómplices por pura coima privatizaron el petróleo, la energía y no sé que cosas más, que eran muchas y de peor tenor. Pero cuando lo tuve delante y me lo presentaron, Menem tomó la iniciativa, se me acercó, me estrechó la mano derecha y dijo “¡Qué futuro tenemos con ustedes!” y a mí me salió replicarle con un “Gracias por todo” y me volví a la mesa tragando toda la mierda que tenía para largarle.

Y ahora me pasa lo mismo, estoy al lado del mozo-pastor y miro a los feligreses y me sale un “Gracias por todo” y ellos dicen “Empleados del Millón” y cierro la boca, el mozo-pastor me palmea el omóplato, vuelvo al banco con la cabeza gacha, me siento y la moza suelta la mano izquierda del abrazo a la cartera, me pone la mano en el hombro y me dice por lo bajo “estuviste re-bien”.

“Esta fue la misa de los Empleados del Millón” dice el mozo-pastor, descalza los sahumerios, los cruza sobre su cabeza, no hace el papelón de clavarlos en el atril nuevamente y se retira del salón dejando tras sus pasos del pan-queso dos estelitas finísimas de humo. Se apaga nuevamente la luz. La mano de la moza sale de mi hombro y miro para atrás porque me tocas los dos cachetes del culo y varias veces. Se prende la luz de la cortina del fondo y nadie se para, esperan a que me ponga de pie.

Salgo con el paso del pan-queso como lo hacía el pastor. La moza me dice que eso que hago es solo cuando se llega a Pastor y que puedo comerme el correctivo del millón por burlarme. Entiendo el mensaje, camino con trancos largos y salgo a la calle. Los gorilas me dicen “buenas tardes hermano Juan” y apuro el paso, no quiero que me identifiquen con esta secta. Cuando llego a la esquina, me dan ganas de un te de tilo. Hago la media cuadra que me queda para llegar al bar y meto la mano en el bolsillo, saco la billetera, la abro para ver cuánto tengo (así me anticipo al que esté en la barra del bar y digo que vengo a dejar algo de plata para la cuenta del policía) y descubro que mi billetera está vacía. Voy a los bolsillos de atrás de jean donde siempre guardo algo de cambio chico y nada. Me paro en seco, se me prenden fuego los lóbulos de las orejas, la base de la nuca, ya voy para ese templo de chorros a explicarles algunas cosas. Y, desde la esquina, viene hacia mí una montonera de feligreses, me pongo en guardia, son muchos, pero no les temo, mejor que se preparen ellos, estoy re caliente y cuatro pibitos con las labios pintados por el cemento de contacto, se adelantan al grupo, se me vienen encima y uno de los cuatro me dice “Hermano, el sermón estuvo re-piola. Dice el Pastor que esta misa se la regala, pero la que viene garpa el diezmo para el Diosito del Millón.” Uno de los cuatro, con gorrita de Nike, se pone a la par del mensajero y me encara: “¿Tiene un billete pá los pibe?”. Le voy a decir que no porque me los choricearon en el puto templo, pero le digo que esperen. Entro al bar con paso tembloroso y le pido al mozo del turno noche que me de dos pesos y que lo anote en mi cuenta. Salgo y se lo doy al pibito de gorrita Niké, no agradecen y se fusiona a la montonera que sin mirarme, y en número no menor a cincuenta personas, salió del templo detrás de mí y sigue camino al Parque. Y yo, ya no me meto en el bar, ni en casa, ni camino, me quedo paralizado, sin hacer ni una cosa ni la otra, mientras las sombras de la noche hacen más brillantes las pocas lámparas no apedreadas del alumbrado público de esta calle de Villa Crespo.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Bitácora editorial XII - Un feligrés anda suelto

Desde hace una semana que estoy recluido en casa y llevo nueve páginas escritas para la editorial de Puerta del libro. Mientras escribo y releo el material me siento un oficinista, un burócrata; soy la versión más parecida a lo que fui en mis tiempos mozos de empleado público. Cada página encierra un esquema de fórmula. En esa fórmula manda la linealidad. En la acción de escribir no soy más que el eslabón de carne y hueso (y alma vendida) dentro de la línea de montaje literaria. Y de burócrata público me veo (también en versión pasada) un burócrata ejecutivo: de estos tipeos sobre el teclado saldrá un producto envueltito y presto para el mercado masivo; lectura sin esfuerzo y fácil digestibilidad. Así es el mercado masivo, objetos del todo fácil, de la comida pre-masticada. Dentro de poco nos van a meter la comida en la boca del estómago (“papillita digerida”) para liberaremos del gran esfuerzo que es morder. Puerta del libro ¡qué asco me da hacer esto! ¡Qué asco me da llegar a mi primer libro editado de esta manera!

Debajo de la pantalla, sobre el escritorio, tengo un plan de escritura. Eso hago habitualmente con mis novelas. El plan rector de este libro es: “Escriba ciento cincuenta páginas, a doble espacio, veinticuatro líneas por carilla”, eso me envió desde su cuenta de gmail el mismo día del encuentro en el bar. En este plan de escritura no hay ideas desopilantes, imágenes, personajes, conflictos, solo páginas a rellenar con una historia que ni yo creo haber vivido.

Para sumarle más tormentos a mi vida, varios pisos más abajo, hay un policía que almuerza y toma whisky a mi cuenta, que gasta en la ferretería también a mi cuenta y para dinamizar a los micro-emprendedores del hurto del Parque. También merodea el Mozo. Sé que no está muerto, ni muy lejos del barrio porque lo ví con mis propios ojos. Es más, a esta hora fue que lo individualicé desde mi balcón. Tengo que encontrarlo, él es el dueño de este libro y las monedas, y de la bicicleta abandonada en el patio del bar. Él tiene algo que ver con Puerta del libro y debe tener alguna punta de donde tirar para aclarar el panorama.

También está El Alquimista junto a las cacas de ratas en multipicación milagrosa y las cinco monedas. Eso sí, una de las monedas se montó al libro. Qué venga alguien y me explique si el viento puede mover y subirla a un libro, y acomodar las otras cuatro forma de una cruz alrededor del libro. Y la moneda en el medio. La figura me suena a algo. Si, al dibujo de uno de los tatuajes de la moza. ¿Otra señal para descifrar?

Me estoy volviendo loco.

¿Cómo va a dibujar una rata una corona de mierditas entorno al libro? ¿Cómo se dibujó esa cruz de monedas? No me da ni para contárselo a mi esposa. Si pudiera salir al balcón, si la ratafobia se me pasara, podría descubrir de donde viene el vivo que se divierte a mi cuesta. Lo mejor es tomar coraje, abrir la ventana y copar el balcón. Me paro con decisión y mis muslos sacuden la mesita móvil del teclado. El teclado vuela por el aire y regresa por el tirón del cable que lo une a la CPU. Pero la tecla del espaciador, sin amarre, va a parar a un rincón donde habitan radios del siglo pasado, o sea, de mi niñez. Mi torpeza otra vez. En otro momento busco la tecla, ahora es el tiempo de recuperar territorio; el corazón me late, la sangre fluye con hervor combativo, esta es mi hora, la hora de héroe y al abrir la ventana me quedo duro como se debe haber quedado el Bin Laden al encontrarse con la trompa de un helicóptero armado hasta los tornillos justo cuando se disponía a ver una de las siguientes mil noches que jamás verá: en la vereda de enfrente está el mozo, aquel que desapareció del bar. Toca timbre en el edificio, debe estar buscando trabajo de encargado de edificios. Me sorprende el look: traje negro, camisa blanca, corbata negra y pelo rasurado a lo milico y me sorprende también un manchón de mi aliento en el vidrio. Separo la nariz de la ventana. El vidrio luce un lamparón de un metro de diámetro. Salgo a la calle para ver al mozo que quiere ser portero.

En Planta Baja me eyecto del ascensor, hago eslalon con los zapatos sobre las baldosas recién lustradas del palier y llego al portal con la llave en la mano derecha, la emboco con la velocidad que traigo a cuestas, giro dos veces el tambor, empujo y salgo a la calle. El despelote urbano otra vez me aturde y fijo la mirada en la vereda de enfrente para no dejarme ganar por los mareos que me provoca el ruido. El mozo no está. Cruzo la calle sin mirar a los costados y me como un bocinazo y un rosario de puteadas de un conductor y, desde la esquina, la mirada inquisidora del policía. Me apuro a tocar timbre en el edificio. Martillo con el dedo índice derecho sobre el botón del portero eléctrico que dice “Encargado”. Por las dudas toco otros pisos.

Emerge desde el fondo de un pasillo lúgubre un hombre de tamaño y paso de mamut, abre la puerta y me dice “No rompas las pelotas, no quiero ir a esa iglesia, los mormones, los testículos de Johavá y los evangelistas me tienen las pelotas por el suelo. Si tu amigo no entendió, a vos te explico con una sola manito, verás el milagro que obro en tu cara negro de mierda”. Le pido que baje el puño, y trato de explicar que se confunde, que vengo por un amigo que recién tocó la puerta, pero un portazo en la nariz. Golpeo el vidrio; el Mamut se pierde en un largo pasillo a paso lento y decidido a no volver por donde vino.

“¿Pasa algo?” pregunta el policía, le digo que nada, “Nada, nada, siempre nada, usted debería ir a las olimpíadas, se la pasa nadando” y me río y el me pone la mano derecha en el pecho, aprieta la solapa de mi campera y la hace un bollito, el jean envuelto en su palma parece papel. Me lleva de un tirón hacia él y ahí le veo la palma de la mano, tiene algo en la piel, aguzo la mirada y veo perfectamente en el porción de piel que hay entre la base del dedo índice y el dedo gordo cuatro puntos, alistados en cruz, con un quinto en el medio, como el tatuaje de la moza y como las monedas del balcón: una cruz. “Debería agradecerle a Dios o a su santo por no haberlo cagado a trompadas, es de lo peor que tenemos en el barrio”. Ahora lo miro a los ojos, no estoy acostumbrado a pelear y no soporto que me hablen así, estoy por ponerme a llorar. Se da cuenta, mis ojos se llenos de lágrimas. “Basta”, me dice, “esto se arregla salvando las culpas, vaya a la iglesia, acá a la vuelta, es nueva, es lo único que me acomoda a los corderitos descarriados del Parque.” Y cuando dice vaya, lo dice en tono de sentencia, si no voy me mata. Le digo que iré, que le agradezco porque estoy necesitando una ayuda espiritual y nada de lo que hay me convence. Me corta y dice que espera verme y además que le pague el diezmo de él, que le avisará al Pastor que iré y dice que el Pastor me conoce muy bien, así que mejor no mande a otro en su nombre. Me acerca más a su cara, huelo el destilado del Whisky nacional berreta, “Hermano, la mirada del Todo Poderoso atraviesa montañas, paredes y ventanas”. Se me secan las lágrimas, me doy cuenta porque los ojos me raspan. Me quiero meter debajo de la tierra. Por qué no me quedé laburando ese libro para Puerta del libro, ahora tengo que sacar libreta de religioso. “Acuérdese, hermano, nos vemos en el templo, el jueves, a las siete de la tarde, es la misa de Empleados por el Millón. El templo está al lado del súper de los chinos de calle Frías.” Le digo que nos vemos y él me dice que va pasar por el bar para brindar por el nuevo feligrés y el bolsillo me tiembla.

Caigo en la cuenta que mi saldo está bajando abruptamente con tanto donativo para el policía y pienso que la única tabla para seguir flotando en este mar de desgracias es el libro para la escuálida con retornito para ella neteado.

Vuelvo a mi departamento. El Portero de mi edificio habla con la abogada del tercero sobre Bin Laden. Se expresa como si se tratara de Lex Luthor vencido por Superman. Al pasar a su lado me dice “Qué pena lo de Ernesto”, queriéndome sacar tema, por fin tiene algo que le dio la tele para hablar con su vecino el escritor. Se me escapan las lágrimas que no salté cuando me apretó el policía y el portero dice “Ya no hay más que decir, le acompaño el sentimiento” y sigo camino, escucho el murmullo a mis espaldas, algo de “es que él y Sábato” y entro al ascensor.

En la trepada pienso en los plomos que se comió Bin Laden y los que lo acompañaban esa noche. También en el festejo de los gringos, como si realmente Superman hubiese acabado con Lex Lyuthor, sin pensar en la generación espontánea de criptonita. Pienso que una y mil muertes nunca me harán feliz. Para mi este planeta debería rebosar de gente, gente que nunca muere hasta que en un momento reventamos por exceso y san sea acabó. Prefiero terminar con los que quise y quiero y no añorarlos en la muerte. Esto voy a decirle al Pastor en la misa del jueves si me pide que diga unas palabras a los hermanos así me echan a la mierda y no voy nunca más.

jueves, 21 de abril de 2011

Bitácora XI - Cuchillo Pascual

Las palabras de la editora italiana que subí al muro y hablan de que hubo un tiempo en que era posible enamorarse del autor fueron para Puerta del libro. No porque le tire onda. Al publicarlo, intenté marcarle la cancha, mojarle la oreja, calentar la previa de nuestro encuentro en el bar. Ella, en el Facebook, siquiera puso un “me gusta”, pero sé que lo leyó. Y, en minutos me voy enterar qué efecto le produjo porque ya estoy en la puerta del bar. Por suerte pude esquivar al portero de mi edificio y me salvé de la gastada por el empate con Tigre. De lo que no me voy a evadir es de saldar “mis cuentas”. Cuando el policía me acompañó a sacar plata del cajero para el gasto de la ferretería me sugirió: “al importe de la ferretería súmele lo del bar, no me va a dejar la cuenta impaga”. Con él no me puedo pasar de listo, el tipo es un pesado. Ya vi como se pertrechaba (con mi dinero) de clavos miguelito, bolsitas y cemento de contacto. Nadie me saca de la cabeza que esos clavos originan los múltiples asaltos a los autos que pasan por el parque y que la paga a los ladronzuelos por la faena viene en bolsitas con pegamento. En la puerta de mi edificio siempre hay un pendejo aspirando de la bolsita, ya sé quién lo provee. Los pibes andan todo el día con los párpados caídos y una orla de pegamento alrededor de la boca. Miran el tráfico a través del nylon, la mirada borrosa busca un objetivo y él los maneja a todos.

Sigo camino, flanqueo la puerta y me topo con el aroma de café y el volumen de la tele en Crónica TV. La moza está de espaldas a la barra, con la espalda algo encorvada y la cabeza hacia delante. Anda despegando tapas de empanadas de una pila de por lo menos cien tapas. Mete sus uñas largas y pintadas con esmalte verde entre tapa y tapa; luego las apoya sobre una mesada de mármol. Me quedo tildado en el dibujo de un tatuaje que tiene en la mano izquierda. Es un hada que porta por bufanda una serpiente. Debajo el dibujo, en un azul difuso, hay cuatro puntos dispuestos en forma de cruz.

“Hoy salen empanadas de atún. Nada de carne, nada de pecado, en esta casa cuidamos la memoria de Jesucito y al que no le guste lo clavamos en la cruz”. En el espejo, que nace desde la mesada hasta el techo y queda enfrente de ella y de mí, le busco la cara. No sé si lo que dijo va en chiste. Los pelos llovidos le cubren desde los ojos hasta la mitad de la boca. Prefiero pensar que fue una humorada y que, además, ninguno de esos pelos teñidos de naranja van a ir a parar a las empanadas. La chica se despeja media faz del rostro y, sin quitar las manos de la operación sobre las tapas de empanada, me habla por el espejo, “no sabe que buenas van a estar con este relleno de atún y huevo picado. Las primeras son para usted”. Sobre la cornisa de su labio inferior equilibra un pelo naranja que está al caer y tiene por red la olla con relleno. Disimulo mi asco y le digo que le agradezco y que esta semana hago ayuno y le pido un te de tilo. “¿Se lo sumo al pago de la cuentita? El Oficial me avisó que pagaba todo…” la interrumpo y le digo que para eso estaba ahí, parado en la barra, para saldar deudas. Ella da medio giro, mete la mano en un cajón, saca un cuaderno y me dice “Debe doscientos cincuenta más veinticinco de propina, total doscientos setenta y cinco pesos”. Estiro el cogote y leo en el listado de mi cuenta Whisky doble y al costado cinco palitos puestos como en el tanto del truco. Me encantaría saber si el policía se los toma cuando está de servicio. La moza cierra abruptamente el cuaderno, le suelto tres billetes de cien y le digo que al té lo espero en la mesa de siempre.

Me hago paso entre sillas vacías, llego a mi mesa, la del fondo, y me siento debajo de la tele. Crónica TV pasa en imagen ralentada el cuchillazo que un tipo le dio a otro que estaba esperando atención médica en la guardia del Hospital Santojanni. El agresor sale de la guardia cuchillo en mano, los demás pacientes huyen espantados (y curados en susto) y el herido barrena sobre un río de sangre que tiene por vertientes sus venas cortadas. La imagen la repiten una y otra vez.

Necesito urgentemente ese tilo.

La moza cae con la taza de te y el vuelto. Me acuerdo del policía manguero y mafioso de mi cuadra y pienso si la Ministra no quisiera mandarlo a este a cuidar el hospital y conmigo haría Patria.

La bicicleta del mozo está en el patio. Las ruedas lucen la erosión del olvido. Tengo que preguntarle a la moza si no vino alguien por la bicicleta, tengo que cerrar el avistamiento que hice la semana pasada, desde mi balcón, del antiguo mozo.

Me doy vuelta para llamar a la moza y con quien me topo es con Puerta del libro, está parada detrás del respaldo de mi silla. Me sobresalto, no la oí entrar. Le suelto un hola y ella me da la mano. Se acomoda en una silla y quedamos enfrentados. Le pregunto que toma y ella me dice “ya pedí”, al segundo cae la moza con un café doble y una medialuna.

Ella dice “No perdamos tiempo, me trajiste el manuscrito” y ahí saco chapa de canchero y le digo que antes le quiero explicar que lo que le escribí remite a mi infancia dentro del comercio familiar como ella me pidió. Se llama Robots todavía no vendemos y alude a una publicidad de 1974 del negocio de mi padre. La editora escuálida rompe un sobre de azúcar con fuerza bruta y los granitos blancos se expanden por la mesa e inundan las marcas sobre la madera. Prosigo con mi venta del texto y le cuento que el narrador es un niño de doce años y todo lo ve como si estuviese en Star Wars, que es una historia que habla de la contaminación del ambiente. Tomo valor, me emociono y cierro con que el libro está pensado para incluirle dibujos y música. Con gesto triunfal, me prendo a la taza de té. Estoy convencido de que le gané, le traje una nouvelle inédita (tan inédita como mis otras 5 novelas) y se la enchufé, le hice el cuento que la escribí para ella. Puerta del libro revuelve el café, el silencio se prolonga. Sorbe con ruidos y eso me incomoda. Apoya la taza, me mira fijo y suelta “Vos te pensás que vamos a editar un libro con ilustraciones y un CD con música; como se nota que la plata no la pone el autor. Para pensar en el libro y su arte estamos nosotros, vamos, dame el texto, el que acordamos, no me hagas perder tiempo que lo quiero leer en Semana Santa. Esto de Robots ya lo tenías escrito, ¿te pensás que no hice scouting sobre tus trabajitos? Lo dice tu blog: lo leíste en los ciclos Cronopios y Outsider y el primer capítulo está publicado en Revista eñe en España. Vamos, dame el material que acordamos”.

Le digo que yo no acordé nada y me retruca “Vas a echar a perder tu carrera, morir inédito es lo peor”, es lo último que larga y suelta sorbos intermitentes sobre el café. Recorro las figuras talladas sobre la madera de la mesa y llenas de azúcar.

Posa la taza, me mira fijo: “Vos te crees vivo. Querés tener algo conmigo, ¿querés que me enamore de vos? Primero estoy muy bien atendida. Segundo, lo nuestro es negocio. Y de eso quiero hablarte. De tu libro haremos diez mil ejemplares directamente en bolsillo. Solo imprimimos cien en tamaño estandar y fraguamos la cantidad vendida para pasar a bolsillo. La gente quiere comprar todo chiquito, barato y sabe, que si es bolsillo, es un libro éxito en ventas. La gente lee, mejor dicho, compra los libros que los demás compran. Solo hay que hacer rodar la rueda y no se para más. Vas a cobrar el diez por ciento y la mitad de eso es para mí. Me lo traes al bar cada vez que yo te pague en la editorial. ¿Qué pones esa cara? Esto es lo más normal y si querés publicar yo te explico cómo se hace. Y mi consejo incluye también cómo tenés que escribir. ¿Entendés?”.

Le digo que me suena raro, que me está metiendo en un compromiso, que yo nunca participé en coimas y se pone fría como el metal de una espada: “Estos son honorarios, un sueldo plus para hacer más digno el trabajo de editora. No se puede vivir del salario de la editorial”. Se pone de pie, no se si está enojada, está rara, nunca antes la había visto así. “Para que las cosas queden claras, al compromiso ya lo asumiste, tenemos un acuerdo, el tiempo vuela, estás arriba del tren, no se te vaya a ocurrir bajar, vas a terminar picado en los rieles. Por favor, escribí esas páginas y mandame un mail. Tenés la Semana Santa por delante. A ver si resucitás este muerto” y se va topando sillas.

No me doy vuelta.

La moza empieza a levantar las tazas y el platito con la medialuna sin comer. “La señora dice que usted invita”. Y no digo nada. Tampoco me muevo. Miro borroso, como esos chicos con las bolsitas y me quedo clavado en mi silla, con una corona cuadrada y refulgente sobre mi cabeza: el cuchillazo, el río de sangre, Crónica TV.

sábado, 16 de abril de 2011

Bitácora editorial X - Contrato psicológico

Puerta del libro me dejó un saludo de cumpleaños en el facebook: “Feliz cumpleaños tarde, tan tarde como ese libro que tenés que entregar a la editorial”. No le pondré un “Me gusta”. El saludo tardío fue premeditado, de eso estoy seguro. Lo hizo para diferenciarse de los cien mensajes que atiborraron mi muro. Lo hizo no solo para que yo lo vea, sino para que todo el mundo se entere. Ahora, muchos de mis amigos, me preguntan por ese libro que debería escribir a la editorial de esta flaca escuálida. Lo logró, activó la presión a gran escala. Ahora bien, ¿qué compromiso asumí yo? ¿Cuándo firmé algo? Mi único encuentro con la editorial fue una reunión con el Gerente (el amigo de mi amigo) de la que surgió que la temática de mis novelas no le interesaban y me “sugería” que escriba un libro de autoayuda en el que reflejase mi formación profesional en empresariales desde que me concibieron dentro de un comercio hasta que llegué (con 29 años) a ser Ejecutivo de la empresa Arcor y portador de tres títulos universitarios. A mí eso no me parece digno de contar a nadie. Es más, cuando (con 31 años) abandoné Arcor, fue para dedicarme a escribir. Necesitaba separarme de un ambiente donde mi vida pasaba solo por pensar y existir para una empresa. Me acuerdo que (siendo mi papá devoto de Juana de Arco) yo decía que no quería que mis hijos me recordaran como Juan de Arcor. Necesitaba despegarme, recuperar mi independencia. Y esta presión de Puerta del libro, desde un lugar de compromiso que nunca asumí, me recuerda a una situación que pasé cuando dije en Arcor que quería marcharme. Desde que dije “me quiero ir”, padecí siete días fatales. Me llovieron propuestas de ascenso, traslados al exterior. Como yo no planteaba mi retiro en términos de negociación, creyeron en que estaría por pasarme a la competencia y me ofrecieron dinero por mi silencio. Nada de eso me sorprendió, los empleados de Personal, acostumbrados a la extorsión, no entendieron mi planteo de irme con lo puesto y dándoles las gracias por el tiempo compartido. En el fragor final de estos peloteos con los de Recursos Humanos, hubo un hecho que conecto con este compromiso que me reclama Puerta del libro. Una supervisora de Personal (con angurria de progreso corporativo) creyó encontrar tras la frustración de no retenerme, el momento para lucirse y, delante de su superior, tomó una postura agresiva y me reclamó si yo “había roto mi Contrato Psicológico con la empresa”. La nuca se me prendió fuego, me le fui encima y le dije que lo que hacía a mi vida psicológico no le importaba ni a ella ni a la empresa, que yo nunca firmé un contrato de ese tipo y que mejor no se meta con mi psiquis. Me puse de pie y me retiré. En un país serio, se hubiese comido un juicio. Eso fue a las seis de la tarde del séptimo día de asedio para retenerme. La pobre chica, por ese mal paso, sufrió un frenazo a sus ambiciones que solo pudo recuperar (y con notable éxito) con la aplicación de contratos psicológicos que ella firmó con colegas de peso.
Pero, ahí está, es lo mismo, las técnicas se repiten y mis respuestas también. La escuálida de la editorial quiere ir por esa vía y conmigo el chistecito del contrato psicólogico me muta a Increíble Hulk.
Voy a abrir la ventana, es hora que lo haga, necesito refrescar la mente, el recuerdo de la de Personal me hizo rayar. Además, es hora que abra esa ventana del balcón, la rata que viene a cagar alrededor del libro de Coelho no va a entrar. Y si lo hace, no sé, es raro, pero la estoy asumiendo como mascota, a naturalizar su presencia en mi balcón. Le conté a mi vieja sobre esta aparición de la rata y me dijo que las ratas son nuestro sino, que nos persiguen y cuando dice “nuestro” habla de mi familia.
Me acerco a la ventana, corro la cortina, me aferro al picaporte y lo veo, abajo, en la vereda de enfrente, como si fuese una aparición fantasma, al mozo, el que se borró del bar y dejó la bicicleta con la bolsa que me “llevé” y traía dentro el Alquimista y cinco monedas. Suelto el picaporte, salgo del departamento, tengo que hablar con el mozo, aclarar muchas, saber en qué anda con Puerta del libro, zamarrearlo un poco para que suelte la lengua.
En el palier del edificio me cruzo al portero y me dice “Bosterito ¿corrés para escaparle al descenso?” y le contesto que vaya a hablar con Ameal que ese si sabe de fútbol.
En la vereda me envuelve el ruido de la calle, los rugidos de un racimo de cinco colectivos de la línea 92 (son como las chicas que van juntas al baños, estos colectivos nunca pasan solitos, se toman su tiempo para pasar, pero cuando caen, lo hacen en grupo) se me pegotea al tímpano y me mareo. Voy al trote en el sentido en que ví al mozo. Paso transeúntes como un piloto de Fórmula 1 que supera rezagados. Sobre la línea de las cabezas andantes, a media cuadra de mi, logro ver el pelo pinchudo y negro del mozo. Imprimo más velocidad a mis pisadas, paso una señora con su carro de los mandados y me encuentro, casi a velocidad cero, una anciana en andador, logro esquivarla porque mi desaceleración no iba a evitar el choque y me encuentro de frente a un abuelo y le pego un topetazo. El viejo cae de culo al piso. Vuelvo sobre mis pasos para ayudarlo, le pido disculpas y el vejete me ataca con una perdigonada de insultos. Reconozco la voz y cuando me dice “Otra vez usted” me doy cuenta, es el viejo que me llevé puesto en el bar y me costó la manutención nutricia de por vida del policía de la cuadra. El ferretero sale para pedir que le despejemos la puerta del negocio, pero es tarde. Nos rodea un apelotonamiento de fisgones, la vieja del andador me dice que soy un asesino y solo faltan las cámaras de Crónica TV. El que no falta es el policía de la cuadra que se pone en medio de todo el rejunte popular, me agarra fuerte del brazo y me lleva con brusquedad adentro de la ferretería y me transforma en delincuente. El viejito se queda en la puerta dando todos los detalles de mis antecedentes criminales. El policía me dice “Otra vez vos ¿cuándo vas a dejar de molestar al pobre abuelo?” Y le digo que fue sin querer. “Sin querer queriendo”, me corta, “Dale Chavo del Ocho, dejate de molestar que en esta vecindad yo soy la ley y nadie me explica los ilícitos”. Me dice que lo espere, sale del local y conversa con el vejete en la vereda. El ferretero ya está del otro lado del mostrador, me aplica grilletes con su mirada. El policía reingresa, con el tono de quien dicta una sentencia, suelta: “el abuelito retira todos cargos y usted lo indemniza con una lata de cinco litros de barniz, solvente y dos pinceles”. El ferretero empieza a armar el pedido y al meterlo en una bolsa plástica agregue “Todo es de primera marca” y se lo da al policía. El vejete se va con la bolsa, sin cambiar el gesto de fastidio. Le digo al ferretero que no tengo plata. El policía me agarra del hombro y me dice “ya sabemos como se soluciona esto” y le ordena al ferretero que prepare para él una bolsa familiar de clavos miguelito, dos latas grandes de cemento de contacto y un paquete de cien bolsitas plásticas, “todo va a la cuenta del señor” dice y me señala. Mientras el ferretero ordena el pedido y el policía mantiene la presión de los cinco dedos de su mano derecha sobre mi hombro, comienzo a pensar que los clavos miguelito se usan para pinchar neumáticos de autos que luego roban los pibitos que viven en la plaza, esos pibitos que están todo el día aspirando cemento de contacto de bolsitas plásticas. Y prefiero cortar con esta relación que estoy haciendo porque temo que el policía se de cuenta. Y el policía me dice “Vaya a buscar la tarjetita así pagamos todo al amigo y, de paso, vamos a ver a poner al día sus deudas del bar”. Le digo que sí e imposto una sonrisa tembleque.
El portero me ve entrar y me dice si me crucé un hincha de River porque estoy pálido. Ni lo miro y me meto en el ascensor. Cuando llego al departamento encuentro la puerta entornada, seguro me la olvidé abierta, ya no quiero entrar en paranoias, lo que me falta es que alguien esté metido en mi casa. Entro con vigor, más bien con calentura por el momento en el que estoy y voy al escritorio, la billetera está al lado del Mouse y lo toco sin querer, y desaparece el salvapantallas y veo que me entró un mensaje. Clickeo en la bandeja de entradas, es de Puerta del Libro, lo abro: “El martes veintiséis te espero a las nueve y media en el bar. Traé el adelanto del libro, quiero leerlo en Semana Santa. También quiero aclarar los términos del contrato que, de palabra, ya nos firmó. Sabemos que sos una persona honorable y no vas a fallarnos. Saludos”. Estoy hasta las bolas, no tengo un carajo para mostrarle, no sé tampoco si quiero escribirle ese puto libro y de vuelta, como si la historia fuese cíclica, vuelven a ligarme con un contrato psicológico.

martes, 5 de abril de 2011

Bitácora editorial IX - Cumpleaños Feliz

Hoy es mi cumpleaños 42 y estoy feliz.
Hasta hace pocas horas me tenía atormentado El Alquimista de Coelho que sigue en el balcón y rodeado por una orla de 12 caquitas de rata y 5 monedas. Había descubierto que el libro también resiste al granizo. Empiezo a creer que tiene superpoderes. Hasta pensé en escribirle a los japoneses para que prueben de cerrar con él la grieta de Fukushima. Quien te dice, tal vez termina metiéndose con el núcleo ese que está que se fusiona y sale algo bueno de todo este descalabro que tengo en mi departamento, y mi vida. Pensé en llamar a mi mamá para que contacte al japonés Sigeo Asai. Sigeo y su esposa Iukie son dos amigos de mi familia. Ellos siempre estuvieron cerca del negocio de mi viejo. Sigeo operaba las fotocopiadoras y Iukie atendía un kiosco (al que le pusimos Kioscop porque parece que era o sonaba a japonés). Iukie hacía origamis todo el tiempo y me dejaba fumar de su cigarro. Yo tenía nueve años y cada vez que pegaba una pitada, me entraba una sensación rara, un cosquilleo en el pecho, como si la estuviese besando a Iukie en los labios. En realidad pensé en Sigeo como mediador, no en Iukie porque los japoneses son machistas. Además una vez lo vi y oí cantar el himno japonés y la cara se le pone de kamikaze. Sigeo es un Samurai, con él no van a joder.
Pero ya está, eso lo dejo para otro momento, hoy todo me resbala, incluida la locura de Puerta del Libro, el libro que les debería escribir y su historia con el mozo. Es mi cumpleaños y lo único que rompe me soberanamente las bolas que es que mi mujer siga de viaje. Pero no voy a entrar en un plano depre, estoy feliz y hasta el tobillo de se me deshinchó. Puedo llevar y traer la punta del pie derecho sin sentir esos latidos agudos en el tobillo. En realidad lo que me levantó el ánimo fueron mis amigos del Facebook. Llevo recibidos ochenta y ocho saludos sobre mil novecientos noventa y nueve amigos, o sea, el 4,4% de los amigos de mi facebook me escribieron en el muro. Y ni quiero pensar en todo aquel que, advertido de mi festejo, pensó en llamarme. Es impresionante. A veces te sentís solo en el mundo y ochenta y un tipos y tipas te llenan de afecto con mensajes en tu muro como “Feliz cumple”, “Que pases un gran día”. Y lo mejor, muchos otros presionan a esos mensajes el iconito de pulgar en alto de “le gusta”. Chau compu, me voy al bar.
Son casi las once de la mañana. En el bar no hay ni el gato, pero recuperar la calle (después de una semana de encerrona obligada por mi esguince de tobillo) es el mejor regalo de cumpleaños. Y este té de tilo que me trajo la moza nueva, un lujito.
Le pido otro. No sé si me escucho. Por el olor a cebolla rehogada debe andar ocupada con el menú del medioadía: guiso de lentejas. Hasta ganas de almorzar me dieron. Casi seguro que me quedo a comer. Por suerte ni apareció el policía que anota sus almuerzos en mi libreta. Crónica TV, en la tele del bar, acaba de decir que la Ministra los sacó a todos de las reparticiones públicas del Gobierno de la Ciudad para mandarlos a la cuidar las calles y trabajar en las comisarías. Por ahí la orden alcanza a los bares, pizzerías y restaurantes, y este deja de vivirme. Sería mi segundo regalo del día.
Crónica TV se pone bajón. Muestran las imágenes del tipo de Madrid que mató a la esposa embarazada y lo mostró con su webcam. Bajo la mirada a la mesa. La taza está vacía. La moza sigue sin aparecer y la nariz mi pica. Debe estar especiando la salsa del guiso. Apostado en mi mesa del fondo, juego con la yema del dedo sobre las marcas hechas en la madera con cuchillos y biromes. Levanto la mirada y enfoco al pasillo. La bicicleta del mozo sigue ahí y un retorcijón brota entre las tripas. Pienso en la bolsa que me robé. Pienso en mi culpa y me pongo laxo como esas dos ruedas de la bici sin aire y cuarteadas por el efecto de los rayos del sol. Y la cola de optimismo que me hacía un cometa brillante, desaparece y me veo en las puertas de un agujero negro. Al final, acá en el bar, solo como indio malo. Ni siquiera la moza viene a atenderme. Y, sentado a la mesa del fondo, de cara a la bici, a los pies de la tele, de frente a mi soledad, hoy, justo hoy que es mi cumpleaños.
Una mano fría, huesuda, encalla en mi hombro izquierdo, el que tiene la clavícula salida y soldada sobre el otro hueso. “No se de vuelta. Otra vez deja pasar una oportunidad. Hace quince minutos que lo estoy esperando en la puerta, ¿no se vaya a quedar en la puerta del libro?”. Es ella, la flaca escuálida de la editorial. Intento girar la cabeza a la izquierda, pero me sorprende un tirón que me quema en la nuca, como una especie de golpe de aire, algo feo, no puedo torcer el cogote. El agarre frío sale de mi hombro. Tiro la silla para atrás, me separo de la mesa, me pongo de pie y me doy vuelta por completo como si fuera un soldadito de plomo. Recorro todo el bar. Estoy solo. ¿Dónde se metió la flaca con joroba puntiaguda? Esta mina lo logró, me cagó el día. Sin sentarme, miro Crónica TV. Palermo corre con la camiseta de Estudiantes. Mejor me voy, ni si quiera me quedaron las ganas de probar el guiso de lentejas.

jueves, 31 de marzo de 2011

Bitácora editorial VIII - Libro duro de roer

Debajo del escritorio pulsa mi tobillo derecho. No hace falta que pliegue la mesita del teclado para verlo, puedo reconstruirlo mentalmente con la recepción de sensaciones: es una bola tamaño pomelo. Me lo torcí hace una semana, después de haber retirado el dinero del cajero automático (tras dos intentos fallidos de clave de seguridad) e ir al bar para pagar la cuenta de almuerzos del policía, que muy gentilmente me hizo compañía en toda la gestión. Entré al edificio de casa, el ascensor no funcionaba (suele pasar al menos una vez al mes), resbalé en el cuarto escalón y aterricé en la Planta Baja con el pie derecho metido para adentro. Mordí un grito y me cercioré que nadie haya visto mi acto de torpeza. Solo me apuntaba la cámara de seguridad colgada del cielorraso. El circuito cerrado de esa camarita puede verse en cualquier televisión de los ochenta departamentos que comparten con el mío este edificio. Se me hizo la imagen de gordas chismosas riéndose con mi desdicha. Hice los ocho pisos por escalera en dolorosa trepada.
Desde entonces no he vuelto a bajar. Por suerte, el ascensor volvió a funcionar y los servicios de delivery de comida me mantienen vivo. Paso el santo día sentado delante de la computadora. Alterno mi mirada entre la pantalla y el balcón que todavía tiene el libro ignífugo de Coelho y las cinco monedas. No he vuelto a abrir el ventanal, temo por esa rata. Ella anda por ahí y las cinco cagaditas negras alrededor de El Alquimista lo ratifican. La rata debe querer comerse el libro. Pero es un libro duro de roer. Este Alquimista tiene propiedades fantásticas. A las de ignífugas hay que sumarle repelente de agua. Es increíble, pero lo vi con mis propios ojos. La semana pasada pasó una tormenta de esas que hacen de Villa Crespo una Venecia y el libro ni se mojó. Los gotones se deslizaban por la tapa como si fueran gotas de mercurio para caer y perderse en la correntada del balcón.
Acaba de entrar un mail. Me reincorporo en la silla, manoteo el mouse y clickeo en bandeja de entradas. Es un mail de Puerta del libro. Como asunto dice “Gracias”. Lo abro: “Hola Juan. Quisiera agradecerle por poner mi e-mail en su simpática bitácora. Tiene seguidores. Ya he recibido cinco manuscritos de autores ignotos y eso se lo
debo a usted. Sabe mejor que yo como son sus colegas, tienen un olfato agudo, para ellos el editor es como el queso para las ratas, ni bien lo huelen avanzan. No es una queja de mi parte, tal vez, entre tanto material, reciba algo que me haga perder el interés en desarrollar su libro y le termine agradeciendo esto que en primer lugar me pareció un descuido de su parte. Ahora bien, volviendo al libro que nos tiene que escribir ¿puede pasarme las primeras veinte páginas? No es por presionarlo, solo quiero hacerle entender cuál es el ritmo de trabajo que he dispuesto para usted. Necesito sentirme segura, empiezo a dudar de sus capacidades, ¿está a la altura del desafío? Ayúdeme. ¡Ah! En cuanto al mozo (me refiero al mozo que es dueño de una bicicleta que está en el patio del bar y de una bolsa con un libro y unas monedas que están en su balcón) ¿yo me meto en su vida?”
La escuálida de columna combada y vértebras puntiagudas volvió y se me activa la sangre. Tengo ganas de ir a buscarla y decirle quién carajo se cree que es. Cómo mierda piensa tratar así a la gente. Pero estoy seguros que ella me va a contestar: “usted vino a nuestra editorial, sabe quiénes somos. Y usted, escritor inédito, ¿quién es?”. Y yo se que para ella soy ese libro que me quieren publicar, en el que debo contar algo muy importante para los demás.
Mejor pongo la pava en la hornalla y me preparo un té de tilo.
Lo tomo mirando por la ventana, busco bajar veinte cambios, me relajo un poco. Si busco el destello de la mañana y con la mirada me pierdo ahí, tal vez logre entrar en otro plano y afloren ideas. En la escuela mirar por la ventana me daba resultado, dejaba de oír a las maestras y entraba en mundos increíbles. Eso, la cosa va por ahí, por perderse en la luz del sol.
El timbre del teléfono serrucha el plano refulgente y astilla la paz. Atiendo, la voz me sale ronca. “Juan, los dos sabemos que la inseguridad es uno de los grandes flagelos de nuestra sociedad. Cada día que demore en recibir a Prosegur en su hogar más crecen las chances de sufrir el golpe letal de la mano del delito. Juan, viva tranquilo. Solo déme su número de tarjeta de crédito…” Corto y revoleo el teléfono. Vuelvo al balcón para ver si puedo recuperar esa placidez lumínica, pero nada, pienso en el hijo de puta que me metió el cagazo para venderme una alarma. Bajo la vista al piso del balcón. Ahí sigue el libro de Coelho, las cinco monedas y los seis soretes de rata. Pego la ñata al vidrio del ventanal y vuelvo a contar, ¿no eran cinco cagaditas? El torniquete de nuevo en la boca del estómago, en la garganta. ¡Ratas de mierda!

Juan Guinot

31/03/2011

martes, 22 de marzo de 2011

Bitácora editorial VII - Coelho ignífugo

No voy a volver al bar. No quiero que me carguen la deuda por el consumo del cana. Yo no le debo nada a nadie. De hecho, cuando me fui de la DGI y Arcor lo hice sin pedir un peso. Lo normal es que un ejecutivo “negocie salidas”. Yo no negocio mi independencia. De esos laburos solo me llevé el proporcional que me tocaba de vacaciones y aguinaldo, y experiencias. Tampoco me llevé una moneda que no me correspondía (eso que, tanto en la esfera pública como en la privada, tocan Bill Halley & The Comets con su retornos por debajo de la mesa). La bolsa me dice que mi reputación impecable se acabó. La bolsa del súper chino con la de Carrefour adentro que contiene El Alquimista de Coelho y 5 monedas me delata. No puedo ni mirarla porque me grita “Culpable”. Con la bolsa del bar, terminé por ensuciarme las manos. Esto me martiriza, me la tengo que sacar de la cabeza y de mi vida, expiar mis culpas. ¡Destrucción de la prueba! Eso es. Por caso llevo dos semanas desde que arranqué esta bolsa del manubrio de la bicicleta del mozo y nadie me ha endilgado el robo.
Es simple: si desaparece la bolsa, sanseacabó el delito.
¡Eliminación de la prueba!
Reaparezco en el cuarto con la revista del cable. Bajo la bolsa del último estante de la biblioteca. Abro la puerta que da al balcón. Los frenazos y bocinas me cubren con el manto anónimo de la calle. Abro la revista del cable, apoyo la bolsa del mozo en la raja de las páginas del medio, la doble página del horóscopo mensual. Doy un chispazo al encendedor y una llama erecta hacer arder la hoja del horóscopo. Sobre el papel avanza una cresta de fuego naranja-verde-amarilla-azul que ya se comió a Escorpio y arremete contra Virgo. Allí se topa con la bolsa del súper chino que se achicharra y descubre la de Carrefour. También se prende y la llama muta a rojo-blanco-azul. Cae el naylon derretido y se une al plastrón negro, gomoso, ardiente del cuerpo carbonizado de la bolsa de los chinos. La llama pasa sobre el libro. Mis ojos llamean excitación asesina, la pira dará cuenta de la prueba. Pero la llama sigue a la hoja siguiente (la de los horóscopos de la revista), prende Tauro y El Alquimista de Coelho continúa ahí, rodeado por las monedas. El libro de Coelho es ignífigo. Manoteo el trapo de piso y le empiezo a pegar al fuego que avanza y está por quemar Aries, mi signo, lo que puede ser un mal presagio. Ahogo la llama. En el aire quedan flotando las plumitas negras del papel quemado de la revista del cable y entran en bandada a mi cuarto. Me apuro a cerrar la puerta. El teclado de la computadora, el escritorio, los libros están cubierto por los residuos de esa nube carbonilla. Vuelvo a abrir la puerta del balcón y me quedo mirando al libro de Coelho, ni un rastro del paso el fuego. Es más, parece más brillante. Y hasta las cinco monedas refulgen como nunca. Ahora si me da cagazo este Coelho ignífugo. Me lo quedo mirando fijo; en segundo plano, recortado por la baranda y rejas del balcón, transcurre la película borrosa del movimiento urbano de mediodía. Así me quedo, derrotado, sometido al libro. Coelho ignífugo, conejo ignífugo, pienso en la línea de un chiste acorde a mi momento de tara. Y me acuerdo de los conejos de la Patagonia que si se prendieron fuego. Fue en Epuyen, cinco paisanos en pedo rociaron con grapa un conejo, lo prendieron fuego y lo largaron por romper los huevos nomás, y el conejo bola de fuego meta correr y morirse entre llamas, prendió fuego los bosques milenarios de cinco montañas. Y a este conejo-Coelho le resbala el fuego.
Sobre la imagen de ese segundo plano borroso de mi balcón aparece una mancha negra. La baranda del balcón pasa a primer plano y el actor principal es una rata. Me quedo duro, la rata también. La panza se me anuda y asciende por el centro de mi pecho un torniquete helado. Quedamos hociquito peludo contra labio fruncido. Solo nos separa El Alquimista de Coelho, solo nos une el espanto mutuo. No sé como, pero saco fuerzas resortíceas de mis piernas y me tiro para atrás, como lo hacen los buzos que se lanzan desde cubierta al abisal océano, para caer de espaldas en mi cuarto y desde el piso cerrar la puerta. Asciendo pegado a la placa, corro la cortina y miro el balcón: la rata partió. Me voy de acá.
Crispado, salgo a la calle. “Señor Juan, espere” es una voz de mujer, me doy vuelta. Una chica vestida con delantal morado se me acerca: “Perdone, soy la moza nueva del bar, el señor me dice que usted tiene que pagar sus cuentas”. Desde dentro del bar sale el policía de la cuadra. Con la mirada, salto entre los ojos de la moza y el policía varias veces para ver si encuentro, entre ambos, una soga que me haga salir de esta correntada sin tener que recurrir a una u otra costa. Pero la mirada severa del Oficial define mi decisión. Le digo que por supuesto pagaré, que nunca dejo deudas, que tengo una reputación impecable, pero que ando sin efectivo, que paso por el cajero y le pago. “Lo acompaño al cajero, con la inseguridad de hoy no se puede andar sacando plata así como así”, me dice el policía. Digo que con gusto y encaramos para la esquina.
A los pasos larga “temprano para hacer asadito, flor de quilombo armó en el balcón”. No respondo. El tipo me vio. Ahora alguien sabe de mi intento de destrucción de la prueba del delito. Le digo “el viento” y quiero decir, que el viento no deja hacer fuego, pero me sale “el viento” y el torniquete de hace un rato me cierra la garganta. Doblamos en la esquina, hay que caminar dos cuadras para ir al Banco Francés de Avenida Corrientes.
A los pasos, me veo a través de las miradas de mis vecinos: acompañado por el policía parezco un reo. Hasta los escucho decir “seguro se lo llevan por chorro, algo habrá hecho”. Pero lo que me vende es mi cara. La culpa por ese libro en el balcón me brota por los poros. No, no me puedo delatar. Le pregunto al policía si lee. “Si, Coelho”, me contesta con puntos suspensivos como para que yo diga algo. Se me anudan las cuerdas vocales y la lengua se me paraliza.
Mentalmente salgo de acá. Pienso en el Coelho ignífugo, las cinco monedas y la rata. Pienso en eso, para acordarme de la clave de la tarjeta de débito que justo ahora no recuerdo. Queda una cuadra y, para completarla, lo que me falta ahora es que no me acuerde la clave, delante del policía y me acuse de portar tarjetas mellizas.

martes, 15 de marzo de 2011

Bitácora editorial VI - Pagar las culpas

Suena el teléfono. El identificador muestra un número que no reconozco. Atiendo y pregunta si soy Juan Guinot, digo que sí, me dice que es el Comisario Váquez de la División Robos y Hurtos. Corto y desconecto el teléfono de línea. Después apago el celular. Vuelvo a mi computadora. Antes de encenderla, miro en el espejo de la pantalla apagada la bolsa que me “traje” del bar. Toda la semana la miré de soslayo. Está en el último nivel de la biblioteca. Las manijas rotas y anudadas guardan lo que tenían: el libro “El Alquimista” de Paulo Coelho (con una dedicatoria en lápiz y a medio escribir que decía “Para encontrar el camino”), dos monedas de cincuenta centavos y tres de veinticinco. Nada más y nada menos. Llevo siete días sin mirar la bolsa de frente, busco esquivarla, la evidencia de mi delito me retuerce las tripas. Prendo la máquina y el fulgor de la pantalla se la traga al ritmo de la musiquita de Windows. Miro la portada de dos periódicos digitales, no dan cuenta de un caso de robo de una bolsa dentro de un bar de Villa Crespo. Me separo del teclado y vuelvo a conectar el teléfono de línea. No hay mensaje. Enciendo el celular. Tampoco. Lo del comisario Vázquez debe haber sido una llamada al boleo de chorros que te hacen el cuento para sacarte algún nombre de un familiar que no esté en casa y, después de lograr eso, te dicen que en realidad son secuestradores y tienen ese familiar que soltaste el nombre atrapado en una guarida, te piden rescate con carga de créditos en celular, en el caso más simple o una bolsita de supermercado cargada de billetes. Hay más llamados de estos chorros que el de los otros, los que venden tarjetas de crédito y seguros. Me imagino que ya debe haber en algún lugar call centers que se dedican a este trabajo de los “secuestros express”. Si, debe ser eso. Suena el teléfono de línea; pinchazos fríos en réplica ascienden por mi columna y me trepanan el cerebro. Levanto el tuvo y corto. Ya no quiero escuchar el cuentito del policía. Vuelvo a la computadora, me parapeto detrás del respaldo de mi butaca, no le quito los ojos al teléfono. Un mensaje acaba de entrar en mi correo. A ver si todavía detrás de todo esto está Puerta del libro y me manda un mail con alguna pista, hace una semana que no me escribe. Meto mano al teclado, la bandeja de entrada muestra un mail en el que se promete un video porno de Natalie Portman. La Portman en Star Wars es la cúspide de la belleza, de ella ya no quiero ver nada más. Elimino el mail. Miro feo al iconito de mi antivirus (está al lado del reloj de la pantalla) y le digo que labure de una vez, que para qué mierda le pago, que no deje entrar mails infectados a mi máquina. Suena el teléfono. Subido a la ola de enojos, atiendo y le digo al supuesto comisario que me deje de hinchar la pelotas y que le haga un secuestro express a otro. “Amor, soy yo; ¿estás bien?” dice mi esposa del otro lado de la línea. Atropello mis palabras para al querer decir que pensaba que era una broma. “Desde cuando soy una broma”, me dice. Cambio de tema, de un tirón disparo una perdigonada y le pregunto como va el viaje, si el clima al otro lado del mundo se lleva bien, que si el terremoto de Japón y, literalmente, la mar en coche. Se corta el llamado. Me quedo mirando el aparato. Es de esos inalámbricos de Siemens que hay que usarlos no más de dos minutos porque se les acaba la batería. Con lo poco que me gusta hablar por teléfono, es la excusa perfecta para cortar los llamados.

Apoyo el inalámbrico sobre el futón. Vuelvo a la máquina, tal vez mi esposa está por entrar en el Skype. Se corta la luz. La pantalla se resume en un puntito refulgente que se escurre como una gota de mercurio. Las únicas dos páginas del capítulo veinte de mi nueva novela se fueron con el apagón. Me tiro de los pelos con los diez dedos y largo un encadenamiento de puteadas. Me aprieto los globos oculares con las yemas presionando sobre los párpados para no llorar. Libero los párpados, miro la pantalla. El espejo negro vuelve a mostrarme la bolsa que me robé. Debería bajar y devolvérsela al mozo. Si, ya es hora, hay que poner la cara. Vuelve la luz. Ya no prendo la computadora, los de Edesur deben andar toqueteando algunos cables de esos que pusieron en los noventa y que están a punto hacerse carbón. Suena el teléfono, me largo en vuelo y atiendo con voz dulce. “Qué amor ni ocho cuartos, Señor, soy el Comisario Váquez de Robos y Hurtos de la Policía Federal ¿me va cortar de nuevo o me va a obligar a que vaya a buscarlo y le corte los huevos?”. “Pì-pí” chilla el aparato y la batería del Siemens precipita el fin de la conversación. La puta madre, el cana era de verdad. Debe ser por la bolsa, ya la voy a devolver. Son las once y cinco de la mañana, el mozo debe estar ahí. Ni siquiera tengo bolsas de Carrefour para cambiar la que rompí, la meto en una bolsa blanca de los chinos, bajo, pongo la cara, le pido disculpas y le ofrezco un resarcimiento, no sé, algo de guita.

Ya estoy en la vereda. Con la aceleración a cuestas, abro la puerta del bar y le doy un portazo al respaldo de una silla. Un viejito escupe puteadas y migas, mientras me apunta con una medialuna por la mitad. La parte mordida está re-contra hinchada tras un ensopado en la tasa de café. Entre nosotros se interpone el mozo del turno tarde. El viejito sigue caliente y me tira la medialuna y en mi pecho queda una escarapela de migas y café. El viejo se retira del bar. Quiero pararlo, pedirle disculpas, pero el mozo me agarra del hombro derecho “No se preocupe, no es con usted, siempre arma quilombo para no pagar. ¿Le hago un té de tilo, le hago?” le digo que se lo agradezco, que me lo mande a la mesa del fondo y miro para el pasillo, la bicicleta del otro mozo sigue apoyada ahí y las ruedas desinfladas. “Vio, todavía no vino ese chanta”. El mozo se acerca a mi cara, para hablar en voz baja: “El Gallego cree que le afanó guita de la caja, que por eso no vuelve, por eso. Usted sabe, el ladrón, cuando es un ladrón de cuarta se arrepiente y después no le da la cara para pedir disculpas. Yo siempre digo, si afanás, afaná bien, algo muy grande y parate para siempre. Robar pelotudeces es como hacerse una paja. No podés contar que te sacudiste el ganso, no podés. Si la querés poner, ponela bien hasta el fondo y contáselo a Dios y María Santísima”. Le digo que tiene razón y anudo las manijas de mi bolsita de los chinos con la de Carrefour y mi deshonra adentro. Le digo al mozo que pare el té, que en un rato vuelvo. Salgo a la calle, uno de los policías de la consigna de la cuadra (ese que siempre está en la otra esquina cuando pasan los bicichorros para manotear celulares y los bolsos de las viejitas) me dice “Buen día, ¿todo en orden?”. Sin parar, le digo que sí y agrego “Oficial” para levantarle el ego y me llevo la mano a la frente en saludo de dos colegas de la fuerza. Me pone cara de culo y apuro el paso. “Deténgase”, me dice el policía, “¿Es gracioso?”. Le digo que no, que no sabe la seguridad que me da verlo cada vez que lo cruzo por la cuadra, que ni los bicichorros andan desde que está él. “No se haga el pelotudo”, me corta en seco, “usted sabe de lo que hablo”. Le digo que no sé de lo que habla. “De lo que tiene ahí”. El policía se me acerca, los dedos de mi mano derecha se aflojan y siento que las manijas de plástico se deslizan como agua entre mis falanges. Me pone un dedo en el pecho. “No se jode con los viejitos” y me martilla con el la punta del dedo índice varias veces sobre la escarapela de café y migas hinchadas. “Si se mete con el viejo, yo lo meto adentro para que lo atiendan los muchachos: Con una noche se lo dejan abierto como una flor”. Le digo que no lo haré más y le ofrezco una invitación de almuerzo para él y el viejo, cuando mande, a mi cuenta, en el bar. Con la misma mano que golpeó mi pecho me da un piñón cariñoso en el mentón: “Me alegro que acepte pagar sus culpas; cuando y cuánto voy a comer a su cuenta lo decido yo. Ahora siga camino”. Río con servilismo y atajo las manijas plásticas con el filo de las uñas, y garrapateo con mis dedos para recuperar el agarre. Mientra ingreso a mi edificio, veo que el policía entra al bar. Cagué fuego, ahora si que no vuelvo, que la cuenta la pague magoya.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Yolanka en revista miNatura (Cuba-España)


La revista miNatura, especializada en el género de ciencia ficción, terror y fantástico, lanza el número dedicado a Super héroes.
Especialmente para ellos, escribí Yolanka, un homenaje al peleador de Titanes en el Ring que dominó el espacio de gran parte de mi infancia.
Si querés conocer a Yolanka:
http://www.youtube.com/watch?v=F9zxTNWR4NY

Para acceder a la revista miNatura y disfrutar de la gran cantidad de minirelatos:
http://www.servercronos.net/bloglgc/index.php/minatura/2011/03/07/revista-digital-minatura-109

Yolanka
Es viernes y Titanes en el Ring presenta la pelea de cierre: Yolanka versus Karadagián. Mi cuchara raspa las paredes del pote de vidrio del yogurt Yolanka de Krasdorf, ese que me promete ser como mi héroe. En blanco y negro aparece la nave de Yolanka y desparrama humo sobre un ring donde cinco holandesas bailan. Yolanka pasa entra las cuerdas con su capa, capucha y escafandra. Se suma al baile de las holandesas y las gradas explotan. Zapateo sobre las baldosas de la cocina y mamá me pide que me siente. No le hago caso. El árbitro William Bu da indicaciones a los contrincantes y recibe los abucheos. La imagen de la tele se pierde. Es por culpa del viento del oeste y las nubes. La pantalla es trazada por líneas horizontales que replican a Yolanka y Karadagian entreverados. Papá me corre a un costado del telefunken, toca el buster y las rayas desaparecen. Vuelve el programa. Las cinco holandesas, en primera fila, comen yogur y saludan. Agito mi mano derecha y les muestro el frasco de yogur casi vacío. La pantalla vuelve a verse a los saltos y los parlantes de la tele largan un “RPQ 579, Río-Potosí-Quito 579”. Es Fischer, el radioaficionado; siempre nos interfiere en el televisor y en el momento menos indicado. Papá lo insulta y mete mano en el buster.

La pantalla se hace gris. Estoy por perderme la pelea. La cabeza arde. Voy del comedor al patio. En lugar de estrellas, el cielo está copado por nubarrones blanco y negro. Trepo a la casilla del gas, de ahí subo al techo. La espalda arde. Piso las chapas y llego a la torre. Me impacta la primera perdigonada de gotas. Aprieto fuerte el cable suelto de la antena. Las manos arden. Un rayo ramificado en mil cuchillas de plata une las puntas de todas las antenas del pueblo. Mis ojos arden.

El tronar de la nave ensordece. Estiro las manos hacia la noche. Es viernes y debo luchar en la pelea de cierre de Titanes en el Ring.

martes, 8 de marzo de 2011

Bitácora editorial V - Cobrar como en bolsa

Desde la cuenta de gmail de Puerta del libro recibo un mail a mi casilla de yahoo. La ansiedad hace más torpe mi torpeza motriz y, al querer abrirlo, clickeo sobre otro mail de la bandeja de entrada, lo abro y, al cerrarlo, lo elimino. Intento controlar mi pulso. Vuelvo a la bandeja de entrada, apoyo el cursor sobre el mail de la editora, lo abro. “Simpático lo que contó del IAE. Pude hablar con uno de los ejecutivos colegas de su graduación y validó todo. Eso si, a su colega, lo de cambiar el discurso le pareció una `imprudencia` de su parte. No se enoje conmigo, él me dijo: `Este Juan, cómo se va enojar porque le revisaran el discurso, uno debe expresar lo que quiere la institución o la empresa para la que se trabaja, no somos nosotros los que hablamos, es la empresa o la institución que habla a través de nosotros, por eso somos Master de elite y no un simple profesional universitario`. No se me enoje, es como si lo viera. Escuche este consejo: no se queme las neuronas, para su libro no vamos por ahí. Del Opus Dei se escribió demasiado y Dan Brown ya exprimió ese filón desde el folletín impreso hasta el Séptimo Arte. No se desanime con esto que le digo, más bien quiero alentarlo a que siga, se ha puesto a trabajar y eso es una buena noticia. Con lo que si no acuerdo es con sus expresiones hacia el mozo del bar, es injusto, él es una persona muy valiosa. Debería bajar, prestarle sus oídos, mire si justo escuchó o tiene algo de una mujer, sobre cierto libro a editar, que a usted le puede interesar. El bar no estuvo cerrado el lunes por este feriado improductivo de carnaval. Tal vez, hoy martes, puede darse una pasada, es temprano. Póngase una de sus máscaras y salga a disfrutar del carnaval”.

Releo el mail cuatro veces. En el reloj de la pantalla de la computadora dice nueve y nueve. Voy al bar por un té de tilo.

El bar está desierto. La tele apagada. Las aspas del ventilador de techo ejecutan una melodía monocorde que, con un tilo encima, vaticinan el advenimiento de un ataque de sueño de media mañana.

Detrás de la barra veo la espalda de guardapolvo morado del mozo. Me acerco a él y me llevo por delante una mesa, un rectángulo de porcelana con los sobres de azúcar y edulcorante estalla contra el piso. Me agacho y empiezo a juntar las porciones esparcidas del descalabro. A mi derecha aparece una pala y una escoba. “Levántese, no hay problemas, yo lo junto”. Asciendo con la mirada por los botones y, al superar la línea de las solapas del delantal morado, me encuentro con un mozo que nos el mozo que yo venía a buscar, o sea, el mozo de mis té de tilo. Me incorporo. El tipo me pregunta si me lastimó con la escoba y me pide que le muestre las manos, dice que tengo mala cara. Le digo que no es nada, que me sorprendí porque era la primera vez que lo veía, esperaba encontrarme con el otro mozo, me corta: “Ese forro, si supiera donde está, lo cago a patadas, lo cago. Hoy no vino a laburar y El Gallego me llamó a casa para que haga los dos turnos. Ayer, al cambiar el turno, me dijo que dejaba la bici porque se quedaba por el barrio, tenía que encontrarse con una mina. Dijo que después pasaba por el bar, antes del cierre, para volverse en bici a su pensión de Pompeya. Mire, para mí este hizo roncha toda la tarde en el Club, fue al corso de Scalabrini y Corrientes, y se terminó comiendo un caramelito de la comparsa de Almagro. Tan enconchado andará que ni siquiera llamó para preguntar por la bici o avisar que no venía; debe andar por el quinto polvo, debe andar”. Miro por el pasillo que da al patiecito y baños del bar. Ahí está la bicicleta del mozo con una bolsa de Carrefour anudada en el manubrio. Le pido que me lleve un té de tilo a la del fondo. Por las mañanas suelo sentarme ahí; casi siempre está vacía porque queda de paso a los baños. Me acomodo estratégicamente para observar la bicicleta y doy la espalda al salón desierto. Sin quitar los ojos de la bici empiezo a enganchar puntas: Puerta del libro me “sugirió” hoy martes hablar con el mozo; vengo y el tipo no está porque, justamente, se fue al terminar su turno para encontrarse con una mujer. De boludo trato de tener lo menos posible, esa mina es Puerta del libro y la muy turra quiere que me entere que arriba tiene algo con el mozo. ¿Qué gana con eso? ¿creerá que quiero tener algo con ella?¿ Le querrá sacar información mía al pobre mozo? Ya tocó un colega de mi master para sacar información sobre mí. Igual, si se lo garcha, que lo disfrute. Y si dice algo de mí, me chupa un huevo. Lo único que me interesa es que me publiquen un libro y punto.

El te de tilo llega y lo pago. Empiezo a tomar el té y no puedo sacar los ojos de la bicicleta. Mucho menos de esa bolsa plástica de Carrefour pendiendo del manubrio. La bolsa tiene algunas cosas adentro. Si tuviese la mirada de Superman para ver a través del polietileno ¿Y si voy a revisarla? Miro a la barra, la espalda con guardapolvo morado me dice que es el momento para ir. El corazón se acelera y los latidos estallan en las yemas de mis dedos. Trago el té de un saque, me quemo el primer tramo de mi aparato digestivo, el que va desde la lengua hasta el estómago. Exhalo vapores y trago aire. Me paro sin hacer ruidos. Por si alguien entra o el mozo me llega a ver por algún espejito, me toqueteo la bragueta y hago señas a los fantasmas con el dedo que voy para el baño. A mitad de pasillo me detengo. La bicicleta (una Monark de fines del setenta, de cuadro oxidado, cadena sin aceite, sillín triangular percudido, ausente de guardabarros y con dos amortiguadores de caucho desflecados en la rueda delantera) tiene atada en el manubrio la bolsa. Con el dedo pulgar estirado, ausculto desde fuera y la yema del dedo índice recibe un cosquilleo, quito el dedo. La bolsa está cargada, pero no reconozco qué hay dentro. Voy con las dos manos para ver si, unidas, leen más allá del velo de plástico. Es algo rectangular, tal vez un libro o anotador y chinchinean monedas. Escucho el vozarrón del portero de mi departamento dentro del bar “Hay algún hincha de Boca en este bar”. Me quedo duro, es como si hubiese dicho “Piedra libre a Juan en el pasillo”. Y, con mi torpeza a cuesta, decido que mis manos pasen de la adivinación al hurto sin paradas intermedias. Tiro de la bolsa, trabo la bici con mi rodilla izquierda para que no caiga al piso, las manijas de plástico se estiran como chicle y se cortan. Meto la bolsa debajo de mi camisa suelta y encaro para el salón del bar. “Vení bosterito, vení que te explico algo de fútbol”. Sin sacar las manos de la camisa y la panza con su secreto en gestación, le digo que ando mal, que tengo cagadera. Me dice que me lleve la bosta a mi chiquero y que si queremos jugar como Vélez, vamos a tener que pagarle a Bianchi porque Falcioni no puede ni darle las manos al arquerito García”. La humillación de la derrota es insoportable, pero, en esta ocasión, cobrar como en bolsa me sirve para salir del bar, con la bolsa del mozo.

lunes, 28 de febrero de 2011

Bitácora editorial IV - Las espada, la pluma y la palabra

Lo más cerca que estuve de Puerta del libro fue la semana pasada, en el bar, cuando rocé su sombra. Cada mediodía pasé por la puerta del bar, medio haciéndome el distraído y otro tanto con el tranco apurado y no la ví. Si no tengo la certeza de que ella está adentro, no puedo plantarme en la puerta del bar porque hay una amenaza fantasma: el mozo. Ya le contó al portero de mi edificio sobre el personaje que él ocupa en la supuesta novela que estoy escribiendo. Es un pesado. Y lo peor de todo es que, aparte de no escribir esa novela que él menciona, tampoco puedo avanzar del capítulo veinte de mi nueva novela. Esta propuesta que me hicieron los de la editorial donde trabaja Puerta del libro para publicarme algo que yo debería saber qué es, pero no logro darme cuenta, me tiene en vilo. No puedo dejar pasar estar oportunidad, pero ¿qué carajo quieren que cuente? Tal vez deba escribir dos capítulos con anécdotas exitosas de mis trabajos y llevárselos. Sería un librito de auto ayuda y anécdotas reveladoras. Y si lo aceptan, me despacho con el resto a mi gusto. Tengo experiencia en tragar un sapo para, después, vomitar un perro rabioso. En el IAE hice algo así cuando tuve que dar el discurso de graduación. Me habían elegido mis compañeros para hacerlo (seguro que pensaron en mí porque estaban fanatizados con el periódico clandestino que edité los dos años del Posgrado). Pero el Rector no pensaba lo mismo que mis compañeros, no estaba tan seguro de mis palabras y, con la excusa de enviarme el párrafo inicial con los saludos a las autoridades presentes, cinco días antes del acto, me mandó a pedir con su secretaria que le adelantara mi discurso por e-mail “para revisarlo”. Me puse verde, no podía creerlo.

Todo el fin de semana estuve pensando el modo de mandar una contestación al Rector la que lo mandaba a la mierda por presionarme. Hasta deliré con armar una campaña de denuncias porque consideré (y considero) que esa “revisión” era censura previa.

Pero el domingo, mientras escuchaba por radio los partidos de fútbol, me llegó la iluminación. Encendí la computadora, abrí el WORD y empecé a escribir un discurso servil y empalagoso, recargado de matices de infantilismo más propios de un graduado de Escuela Primaria que de un Master en Dirección Ejecutiva. Al principio lo hice para desahogarme y bien que me cagué de risa. Tras releerlo, decidí mandárselo a la secretaria del Rector esa misma noche. En mi mente ya tenía un plan.

El lunes por la tarde, recibí el mail de la secretaria con la bendición de mi discurso y “el agradecimiento por tus generosas palabras” de parte del Rector. El pez había mordido el anzuelo, solo debía soltar dos días de tanza para sacarlo del agua en el momento justo. El miércoles, ante casi un millar de asistentes, con las máximas autoridades educativas, religiosas y políticas sentados detrás de una larga mesa sobre el escenario (y a la derecha del atril donde debía hablar), la crema periodística en primera fila, más los profesores disfrazados con cofias, fajas y capas bordó plagadas de incrustaciones de piedras en una especie de palco, los graduados con nuestras togas y sombreros de Calculín y una multitud de invitados, me llegó el turno de pasar a leer mi discurso. De frente al atril, estiré el papel y empecé a leer el encabezado donde se nombraban a las autoridades presentes, (el formulismo que me habían pasado). Hice un largo silencio, miré a la concurrencia, doblé el papel en tres partes, me lo metí debajo de la toga. Los ojos desencajados del Rector (sentado en la larga mesa de súper notables) fueron el preludio de mi obra de improvisación. Largué un discurso en total libertad y hasta me di el gusto de despacharme contra el periodista Neustadt, sentado en primera fila. En realidad a lo largo del discurso no dije nada malo, ni agresivo, todo lo contrario ¿Qué podría decir en una fiesta de graduación? El fuego en las miradas de la mesa de súper notables, llegó chamuscarme los pelos díscolos de mis indomables crenchas. Por suerte el público aplaudió con gusto y el viento de sus palmas alejó esas llamas infernales que comenzaban rodearme. No sé si muchos se dieron cuenta. Por lo menos sé que a mi viejo, parado bien atrás, le gustó lo que hice. Al finalizar el acto me abrazó re-contra fuerte y nuestros cuerpos arrugaron el título de cartulina.

No sé como caí en esta anécdota. Si, ya me acuerdo, la idea de pergeñar algo con gancho para la editorial, salamearlos un poco, como lo hice con el Rector del IAE. Ahora que lo pienso, ¿y si este vuelo que hice no fue casualidad? Tal vez Puerta del libro me está pidiendo que cuente algo de mi Master, lo del diario clandestino, alguna parte gris de esa vivencia dentro de un campus con ejecutivos y a las órdenes formativas de una organización regida por la ortodoxia religiosa. Pero si es eso, está jodida. Nada se me viene a la mente.

No sé qué quieren que escriba, ni cuál será el libro que ella tiene en mente, pero logró inocularme el veneno, no dejo de pensar en ese libro, mi primer libro. No puedo dejar pasar la oportunidad.

Lo mejor será bajar al bar, es lunes y faltan cinco minutos para las doce del mediodía. Bancarme al mozo, por ahí anda triste con el empate contra All Boys, y esperar sentado en esa mesa roída por las marcas porque llegue a almorzar Puerta del libro. Y ni bien entre, ir con ella, entregarle mi espada, como un buen Samurai lo en vísperas de su sacrificio.

martes, 22 de febrero de 2011

Bitácora editorial III - El tren pasa

Suena el teléfono. Atiendo, es mi amigo, el que me mandó a hablar con el gerente de la editorial. Lo felicito por el triunfo de San Lorenzo, me interrumpe y me saca de la cancha: “Dale bostero, desde cuando te preocupás por San Lorenzo. No te hagas el pelotudo y contame si vas a escribir el libro” Le contesto que no sé de qué libro me habla. “Ese de tu historia desde que te parieron adentro de un comercio hasta que llegaste a ser ejecutivo de Arcor”. Le digo que no lo escucho bien, que la señal se pierde y corto. Vuelve a llamarme, apago el teléfono y lo apoyo al lado del teclado de la computadora.

El llamado me sacó de un frenesí de inspiración. Estaba en el capítulo veinte de mi nueva novela, trabajaba en el desenlace de una historia que transcurre en un futuro no muy lejano. Miro la hoja del Word en la que había dejado cuando sonó el aparato y la trama que parecía salir de un tirón, ahora, es un tirón de huevos. Vuelvo varias páginas atrás, retomo la lectura desde el capítulo dieciséis; ese procedimiento suele servirme para recuperar el hilo narrativo, pero no paso de la primera página. En mi cabeza se reedita la charla telefónica con mi amigo. Me pregunto si habrá leído mi nota del Facebook o su amigo (el gerente de la editorial) le pidió que me llame para convencerme. Pueden ser las dos cosas. Por caso la escuálida había leído lo que escribí. Y hasta se puso “Puerta del libro”. Para salir del empantanamiento, recurro a la distracción del Facebook. No hay noticias de relevancia de mis amigos. Recibí dos pedidos de amistad: un chico cubano, corrector de estilo con quien tengo ciento veintidós amigos en común y un profesor de la Complutense de Madrid que escribe crítica literaria en su blog. Los admito. En la bandeja de correos hay cinco mensajes nuevos. Dos son de grupos a los que pertenezco y nunca pedí me incluyeran. Otro es de un poeta que dice que unos parientes lo están por cagar a tiros por algo que escribió en el Facebook, pero que no nos preocupemos por su vida y tengamos Fé en Dios (y en la mala puntería, agrego yo). El quinto mensaje es de Puerta del libro; lo abro: “Quiero aclararle que no soy secretaria, sino editora. Sepa que yo bajo o subo el pulgar de lo que se publica; el ´amigo de su amigo´ solo firma cheques y revisa números, no lee un solo libro. Yendo a lo nuestro, y como se que se toma su tiempo para acudir a las citas, le escribo temprano para quedar a almorzar y así hablamos del libro que vamos a publicarle. Nos vemos a las doce y media, en el mismo bar”. Miro la hora en el vértice inferior derecho de la pantalla: 13:24

Salto de la silla y voy para el bar. Durante la estampida mezclo mis respiraciones agitadas con el tintineo de la ilusión de ver mi primer libro editado.

Abro la puerta del bar y me abraza el hervor del menú del martes: guiso de lentejas. La mesa del fondo está vacía. Hago una recorrida gran angular. Al batifondo se suma la voz del mozo: “Dormiste, tú mina se pudrió de esperarte y se fue”. Le digo que soy casado. Me dice “¿Y? No lo sigo. “Dale, pedazo de gilastrún, a mí no me engrupís, por lo menos hoy no te hizo pagar los cafés. Te gusta hacerte rogar. Eso sí, el tren pasa una sola vez”. Enfilo para una mesa. El mozo me toca el hombro, me doy la vuelta: “La flaquita me preguntó sobre vos ¿así que escribís?¿Tenés libros?” le digo que no. “Ah, no sos escritor”, me dice y le contesto que no tengo libros, pero si escribo. “Haceme caso, escribí como Paulo Coelho así te llenás de guita”. Le pregunto si eso se lo dijo la escuálida y me dice que no, que su esposa y todas las amigas de ella leen a Coelho.Le digo que otro día le muestro lo que escribo, que los mío son historias inventadas y le pido que me lleve un té de tilo a la mesa que acaba de dejar la mina de la editorial.

Me siento, reviso las marcas en la madera de la mesa, tal vez me dejó una pista. Son las mismas marcas de siempre. Acabo de perder mi oportunidad. Sin saberlo, el mozo me dijo una gran verdad: el tren pasa una sola vez. Tal vez eso se lo dijo a editora antes de irse. Miro la tele, repiten imágenes del accidente del ferrocarril San Martín. Los comensales ni enterados. El guiso debe estar para chuparse los dedos. El mozo me trae el té y me pregunta si en algunas de mis historias lo metí a él. Y me lo dice pidiendo que lo incluya y le digo que sí para que me deje de joder un poco. Pero el tiro me sale por la culata, se sienta en la silla donde hace una semana estuvo sentada la flaca. Ahí donde seguro me estuvo esperando. Está ahí, en ese lugar donde estaba por nacer un libro con mi nombre en la tapa. Miro el noticiero de la tele y le hablo al mozo. Le cuento que en mi novela él hace de él y que está adentro de un tren que acaba de descarrilar, pero que se salva. Me dice que lo espere, que en un momento vuelve para que siga, pero que tiene que cerrar una mesa. Tomo el té sin dejar de ver la tele. Los bomberos sacan un cuerpo desde la madeja de fierros. Al desdichado lo llevan envuelto en una frazada, parece un canelón. Vuelvo a sorber del té. Entre la tele y yo se deshilachan las hebras del vapor.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Bitácora editorial II - Café cortado vs Taza de té de tilo

“Leímos lo que escribió. Tenemos que hablar. Estoy en el café, al lado de su casa”. El mensaje acaba de entrar en la bandeja de facebook, lo envía Puerta del libro. Del perfil solo puedo saber que es mujer y trabaja en una editorial. Entra un nuevo mensaje de Puerta del libro: “Por qué pierde tiempo en buscarme en la red si me tiene a cinco pisos de distancia. Salte de la silla y baje, se termina mi hora del almuerzo”. Cierro el facebook, desconecto la webcam, voy a “Inicio” y clickeo en “Apagar equipo”, aparece una ventana y hago clic en “Apagar”. Tengo la sensación de que la pantalla me mira. Arranco el conector de Internet de la CPU en el mismo momento en que la pantalla oscurece y el ventilador de la computadora da la última vuelta. Me acerco a la ventana y, camuflado detrás de la cortina, espío. En la calle, la gente camina a las apuradas. Repaso una a una las ventanas de enfrente. No logro identificar si alguien me observa. Suena el talán-talán metálico de los mensajes entrantes del celular. El remitente es desconocido: “¿Le voy pidiendo un café cortado en jarrito?”. No contesto. Me calzo las zapatillas, salgo del departamento y voy para el ascensor.

La paranoia me come el coco: no quito los ojos de la cámara de seguridad empotrada un uno de los vértices del techo del ascensor y, al atravesar el largo pasillo, controlo el teleobjetivo del aparato que registra los movimientos de ingreso y egreso del edificio. Piso la vereda con la mirada clavada en las baldosas y me ligo un chorro de la manguera del portero. Se disculpa y le digo que no es nada. Después de hacer siete pasos, me paro frente al café. Las mesas están repletas de comensales. Abro la puerta y me golpea una ola de conversaciones solapadas con golpes de cubiertos y la tele a todo volumen. Trazas de filet de merluza activan el agua dentro de mi boca. La agitación de una mano orienta mi mirada. La que me llama es la escuálida de la editorial y está sentada en la mesa más apartada de la puerta. Sorteo respaldos de sillas y me paro a su lado. Ella tomo café de a sorbos, hace ruido. Odio eso. Posa el jarrito sobre la mesa y me dice que está sorprendida con mi demora, que con las ganas que tengo de que me editen un libro pensaba que bajaría más rápido. No abro la boca. Tiene la blusa de seda blanca. “Es el uniforme de la empresa, tengo uno para cada día, se lo digo, por si hace alguna notita en el facebook”. Evito nuevamente contestarle. “Por lo menos practica la economía de palabras: no contestó ni siquiera lo del café”. Le digo que no tomo café. Recorro con la mirada sobre la línea de las cabezas y encuentro al mozo detrás de la barra, coronado por el reloj de “Café Los 5 Hispanos”. Le hago la seña de juntar dedo pulgar con le índice de la mano derecha y llevármelo a los labios. Con una sonrisa cómplice, levanta su pulgar derecho. La chica me dice: “No me ofendió lo que puso de mis vértebras puntiagudas”. Invento un interés de arqueólogo en las marcas que tiene la mesa. La escuálida levanta el tono: “Si tengo combada la columna es por leer tanta porquería de los escritores”. El mozo rompe la conexión de alto voltaje que la mirada de ella hizo sobre mis ojos. El mozo apoya la taza con té de tilo y le dice a ella que tomo eso porque tengo demasiada energía y la tengo que bajar con el tilo para no matar a ninguna. Me guiña un ojo y me da un cachetazo en la nuca. El flequillo cae y se entrevera en mis pestañas. Me reacomodo la punta de los pelos detrás de la oreja. La secretaria de la editorial se pone de pie, dice que se le terminó la hora del almuerzo, que saben mucho de mí y quiere que lo hablemos, pero que la próxima cita llegue con más tiempo. Agradece la invitación de los café”, se retira, no me doy la vuelta. Sobre la ola sonora del bar, barrena el arrastre de sus sandalias. El mozo reaparece con reproche: “una vez que caes con una mina, se te va. Para colmo, te vistió de Paganini, cinco se tomó”. En la tele pasan los goles de la derrota de Boca frente a Godoy Cruz. El bar es murmullo monocorde. El mozo mira la pantalla y larga “es el fin de la ilusión” y media faz del rostro se le oscurece.

Me pierdo en el verde de la bombonera salpicado de papelitos y trago, en mínimas tomas, el té de tilo.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Bitácora editorial

El tipo que me va a atender es gerente de una editorial y amigo de un amigo mío.Mi amigo le dijo a su amigo que tenía un amigo que escribe. Su amigo le respondió “que me venga a ver a la oficina”. Mi amigo me instó a ir a esa entrevista, pero me recalcó “Antes de ir, respondete: ¿por qué voy a golpear esa puerta?”.

Una chica escuálida abre la puerta. Me indica que la siga. Ella arrastra las suelas de las sandalias sobre la alfombra de un pasillo largo y de paredes blancas. Al final del pasillo, la chica empuja una puerta y desde adentro me dicen “pasá y sentate; mi amigo me habló de vos, decime en qué te puedo ayudar.” Y, haciendo caso del consejo de mi amigo, le dije que quería publicar alguna de mis novelas. El amigo de mi amigo me dice que funcionaba muy bien la autoayuda y yo le digo que escribía ciencia-ficción, una especie de literatura de anticipación psico-socioeconómica de la resaca capitalista. El amigo de mi amigo revisa sus mails mientras hablo. Ante mi silencio, saca los ojos de la pantalla, manotea un libro, lo gira y lo abre al medio. “Algo parecido a esto tenés que escribir, contá tu historia, desde que te parieron adentro de un comercio hasta que fuiste gerente de una corporación, para que los demás aprendan de tu experiencia”.

Paso sin ver cuatro hojas de ese libro. Entra la escuálida y le dice al amigo de mi amigo que se acordara de la reunión con el señor Urruti. “¡Ah! Urruti, casi me olvido. Me vas a tener que disculpar, lo tengo que atender, Urruti es un amigo”. Apoltronado en la silla me estira la mano y me pide que le mande saludos a su amigo.

De nuevo en el pasillo, voy detrás de la chica escuálida que arrastra las suelas de las sandalias.

Al llegar a la puerta, descubro que la chica tiene una joroba de vértebras puntiagudas debajo de la blusa de seda. Gira el picaporte, avanzo, me dice “adiós” y da un portazo.